La «ruleta rusa» de los niños

Marta Robles

En los tiempos de mi madre, allá por los años 60, solía asegurarse que «el vino hacía sangre» y se lo recomendaban a las mujeres anémicas e incluso a las embarazadas. El alcohol, por entonces, era casi medicina y hasta se le imponía a los niños y a las madres lactantes. Los primeros debían tomar vino dulce –Quina Santa Catalina– para abrir el apetito, y las segundas tenían que ponerse moradas de cerveza con toda su graduación –entonces no existían las sin y las 00– para producir más leche para sus críos.

Cuando me tocó a mí mi primer embarazo, hace la friolera de 23 años, el alcohol ya estaba prohibido para los chicos y lo de la cerveza sonaba a leyenda, pero aún se hablaba de los beneficios de tomarse una copita de vez en cuando durante los nueve meses señalados. En mi segunda dulce espera, 15 años atrás, las cosas habían cambiado considerablemente y se empezaban a valorar los daños que podía provocar el alcohol durante la gestación. Tres años más tarde, en mi tercer embarazo, el discurso era taxativo: el alcohol quedaba completamente prohibido por causar toda suerte de malformaciones y retrasos y resultar más nocivo incluso que las drogas...

Yo comí con vino durante mi primera espera, lo probé en la segunda y lo descarté en la tercera. Y no tuve ningún percance en ninguna de las tres. Tuve suerte. Otras madres y otros hijos no. El alcohol, como la enfermedad, elige a sus víctimas sin avisar. Por suerte, ahora ya advierten los expertos: no se puede beber ni una gota de alcohol en el embarazo. Hacerlo es poner a jugar al bebé a la ruleta rusa...