Maluma, Ayala y Woody Allen

Marina Castaño

Escribo este artículo después de engullir tres bombones de chocolate blanco para minimizar mi acritud congénita. También me suaviza leer a Eduardo Mendoza, con quien tantas veces me siento identificada: el dulcísimo escritor, que por suerte para él nada tiene que ver con mi endemoniado carácter, da en el clavo en tantas cosas que me gustaría que se me hubieran ocurrido antes a mí, pero, claro, los polvitos mágicos del talento no se distribuyen de forma equitativa sobre el universo, creo que afortunadamente, ya que es saludable que siempre haya diferencias entre las personas para que todo sea menos aburrido.

Maluma, el profesor Francisco Ayala y Woody Allen no pasan por su mejor momento en la vida, y no me refiero en el terreno profesional sino en lo personal, quiero decir que contra sus personas están echando a los perros rabiosos del feminismo para que les muerdan en las canillas y les causen graves daños en su integridad moral. A los tres los acusan de cosas parecidas, que todas van a desembocar en el mar de unas mal entendidas ofensas hacia la mujer. El primero, el cantante, es acusado de letras machistas y de vídeos ofensivos a la condición femenina. El biólogo español ha sido cesado de la Universidad de California, donde llevaba a cabo sus investigaciones y a la que donó, por cierto, diez millones de dólares para sufragar las mismas, tras ser acusado de acoso sexual. La prestigiosa revista «Science» publica un manifiesto firmado por numerosos científicos –entre ellos dieciocho mujeres–, donde se reclama justicia para el genetista español. Y, finalmente, el bueno de Woody Allen, cuya última película «A rainy day in New York», protagonizada por Selena Gómez, está siendo boicoteada por esas acusaciones de abuso sexual que se vierten sobre la minúscula y hasta escuchimizada persona de su director. Me apena, de verdad que me apena el momento que vivimos, me apena que todos nos hagamos eco de estas movidas que son sólo el divertimento de unos cuantos desocupados, eso sí, capaces de movilizar a las masas con cuestiones absurdas sobre hombres y mujeres –o de hombres contra hombres o mujeres contra mujeres-, que a algunos se les ha vuelto ya en contra.

Véase el caso de Asia Argento, actriz y directora de cine italiana y líder del movimiento «Me too», que se enfrenta ahora a las acusaciones de un joven actor de veintidós años quien ha revelado que la tal Asia lo acosó cuando él acababa de cumplir los 17 y después intentó ocultarlo pagándole 380.000 dólares para callar la amenaza de denuncia contra ella. Todo esto ocurre después de ese emotivo discurso lanzado en el festival de Cannes, donde, con lágrimas en los ojos, denunciaba que en aquel mismo lugar había sido violada por Harvey Weinstein. Ahora está degustando su propia y amarga medicina. Amarga como su cara amarga de mala gente.

Maluma, por su parte, tiene cara amable y su pecado es aparecer en el video de su última canción rodeado de chatis por todas partes. Nadie abrió la boca cuando, en su tiempo, Madonna aparecía vestida de estricta gobernanta inglesa, con látigos y esposas, rodeada de «boys» a quienes, supuestamente, les iba a dar candela. El mundo es así, y cuando se necesita tinta de calamar se opaca todo con tonterías como estas para tapar la porquería reinante. Es como lo de Franco. ¿En qué nos beneficia? ¿Cómo mejora la economía del país o cómo disminuye el flujo constante de parados que se viene produciendo desde que Sánchez ocupa (u okupa) la Moncloa, por poner dos ejemplos? De ninguna forma, pero no se habla de los problemas acuciantes del país y de la caída en picado de la bolsa, y de eso se trata.

Yo me repliego en mi cuartel emocional, y leo a Mendoza, que me da sosiego, con el protagonista de su última novela Rufo Batalla, un plumilla barcelonés, y el excéntrico heredero a un trono del Báltico sin reino llamado Príncipe Tukuulo. Y no les cuento más para no destripar la novela.