Luego dirán que esto no es un marrón. Marronazo del gordo. Me llevan a Covadonga, me ponen un vestido (y yo soy de bermuda), me peinan que parezco una buenecica, me ponen de blanco siendo yo del Atleti, llegamos tarde y me echan la culpa por los nervios como si fuera yo la que toma tranquilizantes. No, es que ella estaba muy presionada y se agobió y se puso un poquito lerda. Y yo, ahí, callá. Hasta que me preguntaron y dije «sí, muy contenta». Qué voy a decir. Bueno, pues miren, odio los vestidos tipo Chanel, soy zurda, quiero estar a mi bola en este momento y todos Vds están haciéndome una pelota indecente. Hágansela a mi padre que es este señor con barba y estiloso que se acaba de poner carillas. Venga, hasta luego, que al yayo le han sacado del pocico en el que le metió la rubia, no me vayan a cargar el muerto a mí. Si les digo la verdad a estas alturas hubiera preferido un internado inglés. Tengo el enemigo en casa. Mi hermana es más alta que yo y no saben lo mal que llevo el gigantismo de esta familia; Altibajos tiene la misma cara que se le ha quedado al padre de las Kardashian (ahora se llama Catalina) y el mío está el pobre ya tomándome la lección de mandarín para que se vea que la monarquía es una cosa que mola. Pero sobre todo, les digo, puedo aguantarles a Vds, puedo tratarles como a iguales, puedo asistir a rollos descomunales pero, ¿puede Altibajos dejar de tocarnos a mi hermana y a mí? ¿Puede dejar de atusarnos el pelo? ¿Puede dejar de dirigirnos sobre lo que tenemos que decir, hacer, mirar? ¿Puede quedarse quieta un momento? ¿Alguien puede darle una tila? ¿Un Lexatín?