Monstruos asesinos
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En esta semana que acaba para dejar sitio a la Nochebuena, hemos pasado muchas noches malas y de sufrimiento. Sufrimiento por el sufrir de esas mujeres a las que con tan buenos como ineficaces propósitos defiende y protege este Gobierno que traiciona a España pactando con los golpistas. Laura Luelmo murió violada, agredida, torturada por un individuo a quien el buenismo puso en la calle después de echar entre rejas un breve tiempo por una felonía parecida del pasado. Claro, esa derogación de la prisión permanente revisable que quiere permitir la reinserción de asesinos irrecuperables es lo que tiene; pero las políticas de ultraizquierda promueven la tolerancia con el delincuente, con el sanguinario, y olvida al muerto y sus familias, como quedó demostrado en el Congreso de los Diputados.

La política de bajada de pantalones y diálogo con el golpismo a cambio de prebendas y aprobación de presupuestos, techo de gasto, etc. nos ha permitido verle el trasero al del plagio y sus secuaces. El trasero de ellas sin interés ninguno, bastante colgón, y el de él por el estilo, y no es que me guste meterme con los defectos físicos o con los físicos poco agraciados, pero hay que ver el muestrario que tenemos en el consejo de ministros. En fin, es lo que tenemos y no nos queda más remedio que el aguantoformo.

Debe ser muy tremendo estar en el punto de ser detestable. En todos los gobiernos ha habido miembros que nos resultaban odiosos, véase, por ejemplo, Montoro, que llegó a estar en el «hit parade» de los más repelentes, pero es que en la actualidad ni uno se salva, debe ser porque todos están de pegote, sin que nadie los haya votado o elegido. Quizá la excepción sea el astronauta Duque por aquello de que viajó al espacio y guarda un silencio y una discreción que se agradece entre el disparate humano que puebla el mundo político actual.

Hoy me gustaría destacar a dos personajes que han tenido bastante protagonismo en estos días, que son el casposo Ábalos y esa especie de espectro andante que es la titular del ministerio animalista. Una tal Rivera. Ambos –el primero con mucho cinismo porque es cazador e hijo de banderillero-, en contra de la caza y la tauromaquia, dos disciplinas que nos definen a quienes tenemos a bien proclamar nuestra identidad y nuestras aficiones. Desde muy pequeña entendí el mundo del toreo gracias a mi abuelo que me enseñó a entusiasmarme con una buena faena y sus pormenores. En cuanto a la caza he de decir que mi padre no tuvo hijos varones y yo hice las veces del chiquillo que le hubiera gustado tener. Así que cuando me llevaba al campo con sus amigos a tirar perdices me llamaban todos Manolito y celebraban mucho mis tiros certeros.

Pero, claro, hoy todo es compasión hacia los animales, que sin duda la merecen pero en otro orden de cosas, cuando lo que hay es mucha ignorancia, y no voy a perder ahora el tiempo con el equilibrio cinegético o con la desaparición de la raza del toro bravo, porque son argumentos demasiado repetidos y que todos sabemos. Centrémonos más bien en la compasión hacia los seres humanos maltratados, violados y asesinados y el castigo a los asesinos, que nunca será idóneo, adecuado ni suficiente mientras la política de ultraizquierda como la que estamos padeciendo los mantenga libres como pájaros después de un breve paso por la cárcel. Los derechos son para quienes se los ganan, no para los reincidentes que siguen sembrando el horror y la tragedia. Será que entre los del Gobierno o sus secuaces –golpistas o podemíticos, me da igual–, no hay algún familiar afectado por algún monstruo asesino.