Aquellas Navidades
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En «Canción de Navidad», Dickens menciona a varios espectros relacionados con navidades de distintas épocas. Lo entiendo porque también para mi la Navidad evoca una serie de episodios diversos. Navidad fue cuando la abuela Remedios desapareció y mi hermano y yo anduvimos buscándola durante horas hasta encontrarla en un estado del que no se recuperaría. Navidad fue cuando sufrimos la resaca del asesinato de Carrero Blanco sin saber adonde se dirigía un régimen agonizante. Navidad fue aquella fecha en que nos percatamos de que el tío Pepe se había ido para siempre. Navidad fue aquella noche fría y gris que, por primera vez, pasé sin mi hija. Pero Navidad fueron también aquellas fechas entrañables en que mamá cocinaba un pavo insuperable y yo podía salir de casa sin las draconianas restricciones habituales aunque sólo fuera para pelarme de frío y contaba con más tiempo para leer aquellos relatos que me transportaban de un suburbio de Madrid a los mares del sur, el lejano oeste o las calles de Moscú. O Navidad fue aquel año en que me regalaron una inesperada cesta y toda la precariedad en que vivía se disolvió en la alegría de la dádiva inesperada. Todos esos recuerdos gratos, sufrientes o agridulces los atesoro en mi corazón como algo muy especial. No son los únicos. Quizá tampoco los mejores, pero sí se encuentran entre los más hermosos. La razón es que todos y cada uno de ellos ha quedado asociado en el interior de mi corazón con el nacimiento de Jesús. Hace más de cuarenta años, mi vida dio un vuelco cuando, leyendo el Nuevo Testamento en griego, decidí entregarle mi futura existencia a aquel ser que nació en Belén de acuerdo con el anuncio del profeta Miqueas. Mi vida no ha sido casi nunca fácil a lo largo de las décadas, pero sí puedo decir que en los momentos más duros, más difíciles, más solitarios, más dolorosos siempre he sentido la luz, la paz y el amor que sólo emanan de Jesús y que carecen de paralelo en este mundo en el que vivimos. Por eso, la Navidad es para mi siempre una fecha grata, porque es cierto que, como dice el villancico tradicional, «nosotros nos iremos y no volveremos más», pero el nacido en un pesebre nos garantiza que, si creímos en él, con él nos reuniremos por toda la eternidad.