Opinión

El signo del zorro

Acostumbramos a aprovechar una frase hecha y despectiva al referirnos en ocasiones a un país en problemas (y no cabe duda de que España y sus autonomías los disfruta e incrementa) concluyendo que «están hechas unos zorros». El pobre zorro sirve para un fregado y para un barrido. Su piel, en sus diversas variedades, era aprovechada por las señoras como cuello incorporado a un abrigo o, a modo de bufanda, formada por dos zorros enlazados, cuando no de abrigo. Era suave al tacto y formó parte de la moda desde los años veinte hasta los sesenta, más o menos, del pasado siglo. No entiendo las razones por las que era cazado hasta hace poco tiempo en Inglaterra como diversión aristocrática, acosado por una jauría de perros, mientras los cazadores y cazadoras, vestidos de rojo, lo perseguían a caballo. Se entiende aún mucho menos el uso del femenino que se aplica a una mujer. Ser una zorra constituye un insulto que alude al oficio, se dijo, más antiguo del mundo, tópicos del todo intolerables. Sin embargo, en el ámbito masculino de los negocios se valora comportarse como tal, signo de audacia o actitud taimada. La mayor parte de los escasos ciudadanos que se interesan por el proceso político de este país multicolor, dada su naturaleza descentralizada, vencedora de un jacobinismo que no es únicamente fruto de la derecha, concluirá metafóricamente que los líos, las actitudes arteras, las malas formas y el nulo interés por mantener la dignidad de las instituciones, en lugar de hacer políticas que aporten, que traten de solucionar problemas, entenderán que seguimos hechos unos zorros.

Nos identificamos con un mundo convulso, incapaz de valorar siquiera problemas como los miles de muertos en el Mediterráneo que tratan de huir de condiciones de vida infrahumanas, refugiados a quienes se les niega el elemental derecho de ser auxiliados en alta mar por buques de salvamento, fruto de las ONG. Trump cierra fronteras y reitera su gran aportación a los desastres de los países centroamericanos: la construcción de su muro, que en campaña electoral prometió que pagarían los propios mexicanos. En cambio, no tiene inconveniente en lanzar un órdago a Venezuela, curiosamente el país con mayores reservas petrolíferas y parte de Europa sigue practicando el habitual seguidismo, así como Canadá. No cabe duda de que el presidente y expresidente Maduro es un político, por calificarlo de algún modo, impresentable. Pero también muchos países están sufriendo dictaduras todavía más perversas y el mundo «civilizado» pasa de largo, calla. Cuenta el presidente venezolano con amigos que a los EE.UU. le resultan poco fiables, aunque no formen parte ahora del eje del mal, China y Rusia. Tal vez no haya alcanzado suficiente resonancia la ruptura por parte de los EE.UU. del tratado con Rusia que limitaba y tendía a destruir las reservas de proyectiles nucleares. Pero las poderosas industrias armamentísticas poseen enorme influencia. Trump es hombre de negocios y Putin no podía quedarse atrás. De modo que hemos dado un buen salto hacia décadas anteriores si añadimos la ruptura de algunos planteamientos morales, si cabe hablar de moralidad en las relaciones internacionales. Cualquier avance en la lógica de la convivencia se boicotea y se monta un cirio desde el momento mediático de su afloramiento. Según opinan tantos, Cataluña constituye el mayor problema que tiene España en estos momentos. Si repasamos la historia moderna advertiremos que lo es desde hace muchos siglos, como lo fue más dramáticamente en años recientes el País Vasco. Parecía que lo autonómico podía resolver por algún tiempo, aunque con oportunos remiendos lo que acabó tumbando el Tribunal Constitucional. Si el lector interesado presta atención a la intervención de Isidre Molas en el Senado el 10 de mayo de 2006 advertirá la cantidad de sufrimiento que hubiera podido evitarse de seguir aquel camino. El entonces presidente del Parlament y catedrático de Derecho Constitucional, dijo entonces: «Nosotros queremos una ley constitucional vigente porque queremos resolver con instrumentos adecuados los problemas que hoy tiene Cataluña, y creemos que esto facilita que España pueda resolver sus problemas con mejores instrumentos y, por tanto, debe ser constitucional». No ha transcurrido tanto tiempo, pero la sensatez en los enfoques del problema catalán ha desaparecido. «Ciudadanos», el partido ganador y silencioso, se niega incluso a sentarse junto al resto de las fuerzas políticas; también el PP, que se ha convertido en testimonial, o la CUP. Si se admite que convendría aligerar de zorros el panorama que estamos soportando tal vez resulte sensato que nuestros representantes se sitúen en torno de las oportunas mesas y traten de dialogar. Alguien pidió que tales debates debieran realizarse en el Congreso de los Diputados. Pero, entonces, ¿para qué sirven las autonomías, que entendimos como el gran invento de la Transición? Estamos utilizando la más problemática como arma arrojadiza y partidista, teñida de esterelizadores nacionalismos en una y otra parte. La cada vez menos moderada derecha califica ya a Sánchez de traidor, entre otras lindezas. El próximo domingo, gran manifestación en Madrid y no de taxis. Correrán zorros.