De meriendas y revoluciones

César Vidal

Durante décadas me he dedicado con pasión al estudio de las revoluciones; he publicado varios libros sobre el tema – el último hace dos años– e incluso mi tesis doctoral en derecho versó sobre los ordenamientos jurídicos surgidos de revoluciones del siglo XX. Con todo, debo reconocer mi deuda inmensa –en realidad la de todo el planeta– para con el diputado Rufián. Citado como testigo en la causa contra los golpistas de Cataluña, ha señalado que no hubo violencia porque él merendó y en las revoluciones no se merienda. Reconozca el amable lector que semejante revelación no tiene precio. De hecho, altera totalmente lo que sobre el tema hayan escrito docenas de autores dedicados al análisis de los procesos revolucionarios. Por ejemplo, ¿merendaba Robespierre? Si así fuera, debemos encontrar otro nombre para ese fenómeno que fue de la toma de la Bastilla a la guillotina del terror. Si merendó, nos hallamos ante situación que debemos dilucidar con urgencia. No me cabe la menor duda de que ni Lenin ni Trotsky merendaron entre otras razones porque eran austeros en lo que a deglutir se refiere. En cuanto a Mao, quizá se pirraba por los rollitos de primavera, pero sus fieles le apartaron disciplinadamente de semejante delicia oriental porque no era cuestión de que la revolución se viniera abajo. Insisto: Rufián nos ha descorrido el velo de la Historia y nunca se lo agradeceremos bastante. Aún más. Nos ha señalado un sendero luminoso que sería prudente tener en cuenta. Me consta que hay gente que piensa que es una vergüenza el sueldazo que se embolsa Rufián gracias a la manera en que la Agencia tributaria vacía los bolsillos de los contribuyentes. Yo también lo he pensado estos años, pero ahora sé que estaba en el error. Para evitar las revoluciones basta con que gente como Rufián meriende. El remedio no sirve para los golpes de estado porque a la vista está que Junqueras no deja de merendar ni en Cuaresma, pero para las revoluciones puede ser mano de santo. Propongo, pues, que algún organismo del Estado se preocupe de que no le falte jamás la merienda a Rufián y a otros como él. Dirán ustedes que es un dispendio injustificado. Se equivocan. Si Rufián y los suyos meriendan no habrá revolución. Por el contrario, si la revolución de los rufianes triunfa la mayoría dejará de comer.