Cientos de neozelandesas, incluida la primera ministra, Jacinda Ardern, desfilaron junto a la mezquita del horror con el pelo cubierto por el hijab. Ardern habló de miembros amputados y las ciudadanas demostraron su solidaridad. Pero. Asumido y hermoseado el detalle de calzarse un atributo musulmán para homenajear a las víctimas del nazi resta la fabulosa contradicción de que en países como Arabia Saudí e Irán las mujeres más valientes del mundo pelean para quemarlo. Para evitar que los clérigos les digan cómo tienen que vestirse.

Para acabar con la impunidad con la que las policías de la moral y los teócratas medievales al mando legislan sobre el sacrosanto derecho de cada cual a mostrar coleta, o no, exhibir muslo, o no, y lucir parafernalia religiosa, o no. Puestos a enjuagar con sal la herida una abogada, Nasrin Sotoudeh, ha sido condenada en Irán a 38 años de cárcel y 148 latigazos por defender en los tribunales a las mujeres que han tenido el coraje de quitarse el velo en público. A su marido, y padre de sus dos hijos, Reza Khandan, lo han condenado a seis añitos de cárcel por dar la alerta en Facebook.

A la luz de lo sucedido con Nasrin, y con tantas otras activistas, abogadas, periodistas y blogueras en los califatos, islotes y feudos suníes y chiíes, la marea de velos por las calles de Christchuch, y el hashtag difundido en redes sociales, #headscarfforharmony (velo por la armonía), resultan entre atolondrados, cínicos e insultantes. Que unas mujeres que lo tienen todo, en un país rico, con todas las garantías judiciales de una democracia liberal, con sus derechos firmemente avalados, de la igualdad ante la ley a la libertad de expresión, salgan en masa con hijab, un pañuelo que puede y debe ser de uso opcional, supeditado a la fe de cada cual, pero nunca obligatorio, demuestra con rara precisión la insensibilidad con la que los occidentales, pagados de nosotros mismos, valoramos y/o despreciamos a las víctimas.

Más o menos merecedoras de gestos en función de un programa político no siempre compatible con el respeto profundo a los derechos humanos. Las sufragistas, hoy, viven en Oriente Medio, en el África subsahariana, en los arrabales de Islamabad o Yakarta. Campeonas y mártires en la revolución contra el auténtico patriarcado, y a las que sus privilegiadas hermanas del primer mundo no dudan en traicionar con frecuencia alarmante.