Dejo para otro día las mamarrachadas de algunos imanes andaluces que piden al Rey públicas disculpas por la toma de Granada y la victoria en la Reconquista. Es de esperar que alguno de ellos les pida a los descendientes de Mahoma que soliciten el perdón de los españoles cuando en el año 711 la morería invadió España, que no era suya. Aquí, tan a mano, a pocos kilómetros, nace el Principado de Asturias, cuna de Don Pelayo, que fue el autor y actor de la primera patada en el culo al musulmanato. Y el poeta Fernando Villalón, ganadero, quiromántico y soñador de recuperar el mítico toro de Tartesos, un toro bravo con los ojos verdes, lo escribió: «¡Islas del Guadalquivir,/ donde se fueron los moros/ que no se quisieron ir!». Dado que se ha puesto de moda escribir cartas con siglos de retraso, con mucho respeto, me uno a la ola. No sé a quién dirigirla. Si al Presidente de la República Italiana, al alcalde o alcaldesa de Roma, o al presidente de la Roma Club de Fútbol. Se trata de otra petición de disculpa, pero en sentido contrario. Les afeo a los romanos sus prisas por marcharse de España, cuando aquí los tratamos divinamente y los hubiéramos necesitado tres o cuatro siglos más entre nosotros. Los romanos nos dejaron maravillas, cultura, milicia, obras públicas, calzadas, puentes, acueductos y muy buena educación. Eran gente bien. Emérita Augusta, como ciudad, y Séneca de ejemplos. A mí, personalmente, los romanos me caen de cine, tenían dignidad y se fueron cuando más falta nos hacían. Dibujó Antonio Mingote la construcción de un puente moderno sobre un tramo del Guadiana. A su lado, un puente romano. Y decía el ingeniero: «El puente romano no lo derribamos para que se pueda cruzar el río cuando se caiga el nuevo que estamos construyendo».

Estos cafres indigenistas que no se sienten avergonzados de que España, con unas pocas carabelas, quinientos hombres y muy limitado armamento conquistara todo su inmenso país – me refiero a México–, no se dan cuenta del beneficio político, social y cultural que nos deben. Les llevamos el humanismo Cristiano, el concepto de Estado y la Cruz, pero también les dejamos a puñados la inteligencia de Roma. Roma está establecida en América gracias a los españoles, a los hispanos, y todavía no se han apercibido de ello. Les regalamos la palabra, el idioma común, que tan correctamente se habla en el santanderino y montañés municipio de Ampuero, ya en los límites con Vizcaya, de donde provienen los López Obrador, antepasados de ese indigenista que lleva en sus venas menos sangre india que la pelirroja Pipi Calzaslargas. Obrador es apellido con hidalguía montañesa, si bien en otros lugares de España apunta a una ascendencia hebrea, judía, de la que cualquier occidental se sentiría orgulloso. El pueblo judío, como el romano, es una síntesis fabulosa de desarrollo, cultura y coraje. Leo que el imán de Sevilla que está enfadado por la Reconquista se apellida Sarasúa. En el «Diccionario de Apellidos Vascos»- Eusko Abizenak» del Nicanor Narbarte Iraola, Editorial Gómez de Pamplona, 1968, se dice de los Sarasúa: «Sarasúa o Sarasu: El mirador de sauces». Para mí, que Sarasúa suena más a delantero reserva del Athletic de Bilbao que a mirador de sauces, pero lo segundo, también encaja. Sarasúa es un sevillano descendiente de vascos que compagina su alta responsabilidad mezquitera con la profesión de jardinero. Es decir, que es mirador de sauces antes que futbolista, y para darse fuste se ha cambiado de nombre, eligiendo el de Yihad. Es decir, que el memo –nada romano–, que le pide al Rey que se disculpe se llama «Guerra santa Mirador de sauces», y eso no tiene seriedad. Es más, no es improbable que entre las tropas de los Reyes Católicos se distinguiera algún Sarasúa en su afán de obligar a cruzar el Estrecho a los musulmanes resistentes. Los vascos siempre lucharon con España, en tanto que los catalanes, más fenicios que romanos, hicieron negocio con España cuando se les garantizaba la paz y la tranqui-
lidad.

El hecho es que este descendiente de Ampuero, López Obrador, no sólo se niega a agradecer a España lo que hizo en México –una macedonia de frutas de tribus irreconciliables–, sino que olvida ese poso romano, que de España le viene, y del que no puede renunciar. Porque la Historia es un paisaje movido de genes invisibles, pero evidentes.

España llevó a Roma a América. Y Roma llevó a España. Es cierto que la Santa Sede y la Iglesia nos dieron la Cruz y el humanismo Cristiano que allí dejamos. Se trata de una buena herencia. Hoy México, gobernado por el indigenismo mexicanísimo es una gran nación dominada por el narcotráfico y la raza blanca que desprecia a los indígenas. Solicito desde aquí la disculpa de López Obrador por permitir que nuestro México en pleno siglo XXI, siga siendo un país subdesarrollado. Ausencia de España y de Roma.