El trabajo se llama «job» ahora. El minijob, invento alemán, en España se ha transformado en maxijob. En Alemania proliferan los trabajitos de 4 horas diarias por 400 euros mensuales, aquí tenemos 400 euros/mes por trabajar 8 ó 10 horas diarias. Claro que nuestro mercado laboral es anómalo y nos hace campeones históricos en cifras de paro, pero el trabajo precario se ha instalado últimamente como una enfermedad que amenaza con hacerse crónica. Lo que vemos alrededor es que, ni la subida del salario mínimo, ni las tan cacareadas reformas laborales de años pasados, están logrando acabar con el empleo sumergido ni con el fraude. La voracidad administrativa, con sus exigencias burocráticas y tributarias, ha hundido en la cara oculta del mercado laboral, los pagos en negro y la ocultación a la Seguridad Social, a muchos trabajadores –sobre todo jóvenes y mayores de 50 años–, que cobran una parte de su sueldo «en negro», cuando no el salario completo. Además, se habla de la España vacía, o vaciada, obviando que solo las grandes ciudades ofrecen todavía posibilidades de encontrar trabajo, y por ello, suben el precio de sus viviendas. Entre tanto, la gran competencia laboral y las rígidas legislaciones españolas convierten en una odisea la conquista de empleo digno. A eso habría que añadir la costumbre nacional, de honda raigambre histórica, que a estas alturas seguramente se habrá convertido ya en fuente de Derecho, de colocar enchufados en la administración pública, lo que hace a estos lares una bicoca a la hora de practicar la discriminación, positiva e impositiva, y por tanto el clasismo y la falta estructural de igualdad de oportunidades. Por otro lado, lo que antaño se llamaba demagogia, y hoy se llama populismo siendo lo mismo, ha situado en el discurso político imperante una farfolla dialéctica que glorifica «lo social», pero practica lo de siempre. Quizás nos ha arrastrado hasta aquí, como diría el historiador griego Polibio, un proceso de anaciclosis, la sucesión cíclica de regímenes políticos. Hasta un momento histórico convulso, última fase de algo ignoto. Mientras, el trabajo se debate entre la severa crueldad burocrática que han implantado los hunos y la opresión que esconde una aparente amabilidad administrativa, más efectiva que la misma esclavitud, de los hotros. O sea, tiempos de mini pan duro.