Palabras compuestas

Sabino Méndez

Una asignatura que antes se estudiaba en la carrera filológica era la de lexicografía. Nos enseñaba la importancia en la vida humana de las palabras compuestas. Ahora que la representación política en nuestro país se ha diversificado tanto, tendremos que acostumbrarnos a gobiernos también compuestos. Por tanto, para que la próxima aguanieve no nos pille en bancarrota, será bueno prepararse para la compraventa e intercambio de pactos. Hagamos hincapié en que siempre habrá políticos con ases en la bocamanga, pero si no queremos ser el hazmerreír de Europa deberíamos aprender de las palabras compuestas por contrahechas o antinaturales que parezcan. Y es que no solo serán imprescindibles en el futuro los pasatiempos de esas formas de composición habitual, sino que, al igual que hacemos con las palabras, vamos a tener que inventar nuevos compuestos –muy imaginativos– cuando la realidad nos lo exija para definir algo. El girocoxis parece que se popularizará pronto, a la vista de los abundantes rompecabezas que se han dado en la última campaña, pero además tendremos que seguir en guardia, al menos por ahora, tanto del advenimiento del Hitlenin como del Stalinini. Anteponer el interés particular del librecambio no será la única solución para sortear los vaivenes económicos hasta la próxima nochebuena. Y es de creer que, para ejercer de abrelatas de la nueva situación pactista, no habrá que mostrarse sordomudo ante las propuestas del adversario. Se darán altibajos, no cabe duda. Pero no podemos permitir que los claroscuros de la próxima campaña electoral aún pendiente nos dejen una sensación agridulce. Si no queremos acabar con un puntapié en la parte inferoposterior del tronco debemos esforzarnos en usar el salvavidas del sentido común como parachoques. Yo, de entrada, me voy a ver el ballet del Cascanueces para irme entrenando.

Otro día les contaré lo que es un sigloide, que no es exactamente nuestra extraña centuria, aunque por lo que llevamos de ella bien pudiera parecerlo. Sin vanagloriarse ni pintar una aguamarina de ilusos contribuyentes, cabe preguntar: ¿cómo no va a tener afición a los compuestos un presidente que gusta del baloncesto?