Dos de Mayo

José Marco

Dos de mayo fue durante bastante tiempo una fiesta nacional. Ya no lo es, como es bien sabido, y ahora es una fiesta local, celebrada en Madrid para conmemorar la sublevación de los madrileños contra el ejército napoleónico. De paso, los madrileños se rebelaron también contra las minorías que los habían regido hasta entonces y que abandonaron a sus compatriotas al pasarse al partido del invasor. De entonces data el descrédito de la aristocracia española, nunca recuperado. En nuestro país no hizo falta derrocar a las antiguas elites. Ellas mismas acabaron con su influencia y su poder.

El Dos de mayo ha sido muy discutido, y también ha sido desacreditado, una y otra vez, como si fuera una leyenda, una manipulación, el relato mal hilvanado de una nación invertebrada. Es el legado siempre presente de una crisis posterior en un siglo a aquellos hechos, cuando las élites españolas de finales del XIX se tomaron la revancha y decidieron acabar con la nación que se había fundado en aquella sublevación. En particular con una de sus consecuencias más valiosas, como fue la creación de la nación constitucional, que habría sido inconcebible si los madrileños no se hubieran decidido a pasar a la acción en el mismo momento en que su patria parecía descabezada.

El éxito de aquel empeño de demoliciones queda reflejado en la pérdida de repercusión propiamente nacional de la celebración. Está el patriotismo constitucional, empeñado en celebrar la nación surgida en 1812 sin tener en cuenta –y desdeñando– lo que le precedió, que es la rebelión popular, de raíces por lo menos tan políticas como la propia Constitución. Y está el intento puro y simple de negar su significado nacional a los hechos de mayo, como un episodio anecdótico que sólo la visión retrospectiva puede tomarse en serio. También resulta significativo que el Dos de mayo se haya convertido en una celebración local... madrileña. Como las consecuencias a que dio lugar afectaron a toda la geografía nacional, al conjunto de la sociedad española y a todos y cada uno de los españoles, su conmemoración en Madrid devuelve la ciudad, y a la Comunidad, su verdadero carácter, que es el del símbolo mejor, el más hermoso y el más elocuente, de la nación española: la histórica y la constitucional, que hoy son, gracias a los madrileños, la misma cosa.