Un Proyecto de Ley de Educación se debatía en el Congreso de los Diputados en los albores de la Segunda República. Todavía no ardían las iglesias, los conventos y las obras de arte sacras. Todavía Ortega y Gasset, decepcionado, no había lamentado la deriva republicana con su «no es esto, no es esto». Todavía no se había apoderado de la libertad de los españoles el Frente Popular. Y en el Congreso se discutía la nueva Ley de Educación. Un diputado de la Oposición, adverso a su contenido, se preguntaba desde su escaño. «Señorías, ¿ Qué va a ser de nuestros hijos?». Y de otro escaño surgió la voz de otro diputado partidario de la nueva Ley: «Por el suyo no se preocupe porque le acabamos de hacer subsecretario». Los hijos, esos hijos, hijos adoptivos, hijos predilectos, hijos díscolos, hijos obedientes, y si me apuran, hijos ejemplares e hijos de la gran puta. Mil modelos de hijos nos contemplan.

Manuel Fraga Iribarne fue el responsable de que la derecha más inmersa en el franquismo aceptara el sistema democrático. Y fue durante un largo período un excepcional presidente de la autonomía gallega. Fraga, con sus tempestades y galernas temperamentales, fue también un escrupuloso administrador del dinero público, y ni una peseta de aquellos tiempos, ni una «rubia», aterrizó en sus bolsillos. Le honraron como Hijo Adoptivo de La Coruña, que por su culpa, años más tarde, pasó a denominarse «A Coruña» con la oposición de su gran alcalde socialista Francisco Vázquez. Ya no es Hijo Adoptivo de La Coruña porque entre el PSOE, BNG y podemitas, le han retirado la dignidad, con los votos negativos del PP.

Simultáneamente, el PP de Gijón ha votado con el PSOE y los comunistas a favor de nombrar Hijo Predilecto de aquella ciudad a Santiago Carrillo Solares, el genocida de Paracuellos. Un hijo Adoptivo que deja de serlo, y un criminal que se convierte en Hijo Predilecto. Hijos e hijos. Adoptivos, predilectos, díscolos, obedientes, ejemplares, acuclillados, firmes y demás modelos.

No termino de entender que el PP haya votado a favor del nombramiento de Carrillo como Hijo Predilecto de Gijón. Se me antoja asombroso, pasmoso y vergonzoso. Claro, que el candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid, Gabilondo, siendo Rector de la Universidad de Somosaguas, revistió con el Doctorado de Honor y de Causa a Santiago Carrillo, al que no ha afectado la Ley de la Memoria Histórica para tener una calle en Madrid.

Carrillo, y está sobradamente demostrado, fue uno de los principales responsables de los fusilamientos masivos de Paracuellos del Jarama y Alcalá de Henares. Más de seis mil cruces sobre las fosas comunes del Camposanto lo atestiguan. Carrillo se acogió a la Ley de Amnistía de UCD, y su adaptación a la democracia fue tan eficaz como comprometida. De justicia es reconocerlo. Casi todos los que yacen en las tumbas de Paracuellos eran católicos, y ya le habrán perdonado. Los nietos de los asesinados también sabemos perdonar. Pero una cosa es perdonar, olvidar y colaborar con la reconciliación, y otra muy diferente homenajear al causante de un genocidio. Un homenaje en el que participa activamente el Partido Popular de Gijón, lo cual me inquieta. Podrían haberse abstenido para mantener la dignidad o votar en contra para reafirmar el sentido común. Pero han votado a favor. Hijos e hijos, adoptivos que dejan de serlo y predilectos que manchan el prestigio de una ciudad.

Estas cobardías son las que han llevado al PP a su actual situación de confusión y complejos. No tiene el partido la culpa, sino sus representantes municipales de Gijón. Pero en otros tiempos, quizá, no estoy muy seguro de ello, algún alto dirigente del PP nacional se hubiera atrevido a descalificar a esos calzonazos acomplejados y cobardes. El silencio es también cómplice de la cobardía. Hijos, hijos, hijos con, hijos sin e hijos de...