Hacia el caos

Joaquin Marco

Estamos atravesando tiempos oscuros. Finalizó la Liga de Fútbol y ningún equipo español logró clasificarse en la Champions, finalizó la serie más vista desde que existe la televisión, «Juego de Tronos» devolviéndonos entre política, sexo y violencia a una fingida Edad Media. Su etapa final ha causado estragos entre los adictos, pero Pablo Iglesias ya le había entregado al Rey una inicial prueba de la eficacia del relato. Nos hemos quedado huérfanos de personas y cosas en poco tiempo y, por si fuera poco, el próximo domingo habrá que ir a votar de nuevo, en esta ocasión para elegir un nuevo y envejecido Parlamento europeo, convertido en laberinto burocrático, lejos de aquellos principios fundacionales y federales, de progreso y democracia, que habían de transformar Europa en un modelo para un orbe que acababa de desangrarse en guerras. Han llegado otras y Oriente Medio, ya en ruinas, ha sustituido el horror de marchamo europeo que nos caracterizó. Elegiremos alcaldes y presidentes autonómicos de segundo rango. Somos dueños del voto, pero no del destino de pueblos condenados a coexistir en armonía. A todo ello cabe añadir la falta de sosiego de parte de un Congreso de Diputados, cuyo comportamiento en su inauguración se asemejó a una asamblea de estudiantes de los años setenta del pasado siglo, aunque nuestros representantes habrán de dirigir o sortear problemas complejos de hoy, acosados por una derecha extremista que busca su globalidad.

Tiempos oscuros, teñidos de nubarrones intolerantes, apenas cobran sentido a menos que los observemos en otro proceso general: la lucha de dos gigantes comerciales por hacerse con el poder de la tecnología informática. El impetuoso Donald Trump, celoso de los éxitos comerciales de una China rival, trata de desequilibrar un combate que podría conducirnos al caos generalizado. Tengo un teléfono Huawei, como tantos españoles, europeos, orientales y hasta estadounidenses. Google, el ojo que todo lo observa, impulsado por la presidencia, quiere jugar sucio, lo que se evitó hasta hoy respetando las reglas internacionales del comercio. Puede ser –y que Trump lo evite– que no podamos en el futuro compatibilizar nuestros teléfonos de chino amarillento con los de los blancos herederos de los cowboys. Fue hasta hoy una guerra casi secreta en la que el gigante asiático llevaba ventaja. El mero anuncio de Trump hizo caer las Bolsas de todo el mundo, porque nos guste o no, ya somos casi globales. Si las grandes compañías se tambalean los fondos de pensiones e inversión, corren peligro y, queramos o no, nuestra estabilidad económica. El gigante estadounidense ya no predica globalidad y libre comercio, sino rancio nacionalismo, como en otros países y hasta en nuestra casa. Hasta ahora, según los economistas no le va mal, pese a que no haya logrado levantar aquel muro de sus sueños que debían sufragar los mexicanos. Advertimos a lo lejos algo semejante a un agujero negro, porque las guerras comerciales antes se resolvían con armamento convencional, lejos de una improbable destrucción planetaria si se utilizaran los últimos diseños de la tecnología de la destrucción. Sin embargo, atados a nuestro móvil y al que vendrá, el combate se celebra en laboratorios de ingeniería tecnológica avanzada. Resulta menos cruento, aunque no menos peligroso. En este pequeño artefacto del que nos servimos para movernos por el mundo, nos convertimos en esclavos de su pantallita que, a su vez, nos observa y clasifica, aquel Ojo que Huxley pronosticó. Es preferible, sin duda, a morir en una trinchera o convertirse en el hongo atómico que probaron ya los japoneses.

Pero las guerras comerciales son peligrosas. Hasta hoy los EE UU creyeron en sí mismos y el avance chino no les preocupó en exceso. Hasta permitieron que una parte considerable del Tesoro de su país lo comprara el gobierno chino. Al fin y al cabo, las reglas de comercio e inversiones internacionales las dicta la potencia dominante. En estos momentos tampoco los chinos andan satisfechos de su economía. Tal vez sea fruto de uno de los probables baches en un régimen comunista que se aferra al más duro capitalismo sin reparar en justicias sociales, ni siquiera en horarios de trabajo que aquí tanto inquietan: trabajar menos, pero aumentar gastos sociales y salarios. A un chino no se le pasa por la cabeza, aunque observe la disminución de la inversión pública y las dificultades de algunas compañías. Disminuye de momento el atractivo chino. Cuando los gigantes luchan, en nuestra imaginación, permanecen al acecho potencias de segundo orden como Rusia, India, Japón, la UE. El eje francoalemán no funciona desde hace algunos años, crece una peligrosa extrema derecha y no parece que estemos conservando la casa común, el planeta, en condiciones. Nuestra situación quizá no sea tan mala, pero un cierto caos parece servido. Aquí permanecemos todavía, porque no queda otro remedio. De Tierra no hay más que una. Nos proyectamos, poco a poco, hacia un caos, aunque no parezca tan inminente como el inmediato futuro que soportaremos con aquella paciencia franciscana en la que fuimos educados.