Andamos faltos de genios

Marina Castaño

Muchos tenemos la sensación de que no nos da la vida para tanto, y otros sentimos que no nos da el espacio para la intensidad de los días que vivimos. Seiscientas y pocas palabras no son suficientes para hacer repaso y balance de estas jornadas llenas de acontecimientos y hasta de emociones. Por eso aprovechamos este «cuartel electoral» de hoy para dedicar un modesto homenaje a Punset, un sabio que se ha ido precisamente cuando andamos tan escasos de esta especie en vías de extinción, cuando lo que gira a nuestro alrededor es pura idiocia o cretinismo. Fue en los principios del año 1985, en aquel enero que dio un vuelco a mi vida, cuando en un congreso de comunidades y nacionalidades históricas, siendo yo una jovencísima plumilla, me di de frente con gentes como Eduardo Punset, Samuel Haddas –quien dos años más tarde sería el primer embajador de Israel en España–, Ramón Tamames, Soledad Becerril, Carmen Llorca –otrora profesora mía de Historia, primera mujer que presidió el Ateneo de Madrid, diputada en las Cortes españolas y años después diputada en el Parlamento Europeo–, o Camilo José Cela, quien más tarde se convertiría en mi marido. También con Rosa María Mateo, que entonces no estaba tan orillada a la izquierda y que ejerció de moderadora de todos estos personajes en uno de los coloquios. La que suscribe moderaba otro con un grupo de antropólogos, entre los que se encontraba el profesor Gómez Tabanera, que fue maestro mío en la materia, gran monstruo de la erudición española. De toda aquella sabiduría pude ir captando cada gota que se iba desprendiendo y de todo aquel carisma de cada uno de los personajes pude ir sacando conclusiones que fueron impregnando mi persona y mi profesión. De aquel grupo de sabios se han ido ya Camilo José, Carmen, Samuel... y ahora Eduardo. Él, como gran filósofo que fue, supo hurgar bien en algo imprescindible para el ser humano: la felicidad, y sostenía que cada cual debemos encontrar nuestro elemento, aquello que nos haga vibrar, aquello que nos apasione, puesto que ahí reside el secreto. También que el dinero es una fuente de inseguridad y de ansiedad, una fuente de todo, menos de felicidad. Y, lo más importante, «el altruismo es el motor del éxito de nuestra manada», una máxima que sigue al pie de la letra el gran Amancio Ortega, otro sabio, en este caso de la empresa, que hace unas donaciones que disgustan y mucho a los Echeniques, a los Iglesias de turno; a gentes de ese pelaje que pretenden capitanear este país de palurdos que todavía no se ha dado cuenta de lo importante que es acertar en el voto.

Punset puso en orden las ideas de muchos y algunos pretendieron imitarle. Eso sí, en el físico porque en lo intelectual era casi imposible. Probablemente se acuerden de un personajillo ínfimo llamado Cipriá Ciscar, alguien a quien el gran Jaime Campmany definió como un mix entre la duquesa de Alba y Punset por los pelillos escarolados que lucía, no por otra cosa, claro. Aquel personaje fue diputado socialista durante varias legislaturas y también consejero de Cultura de la Generalidad Valenciana, pero nunca destacó por nada, se quedó en pura anécdota. Como en pura anécdota se quedará también el remedo de Valle-Inclán que sobresalió el pasado martes, cuando se constituía la décimotercera legislatura, por la barba y los lentes que imitaban a los del inventor del esperpento literario, al creador del marqués de Bradomín.

Lo dicho, andamos faltos de genios, más aún ahora que se nos ha ido Punset, pero nos deja grandes máximas sobre la vida y la felicidad. «La felicidad es la ausencia de miedo». Ahí es nada.