Un hombre providencial

Martín Prieto

Destituido fulminantemente como «Virrey» de Japón por el Presidente Truman, Douglas MacArthur compareció ante una sesión conjunta del Congreso y el Senado para ser honrado por sus servicios a Estados Unidos. «Los viejos soldados nunca mueren –dijo en su despedida–, solo se desvanecen. Y como los viejos soldados de la balada hoy comienzo a desvanecerme». El discreto anuncio del Rey Juan Carlos sobre su retirada de la vida pública apenas ha merecido gacetillas en los medios informativos sin el subrayado orquestal de la marcha 1 «Pompa y circunstancia», de Elgar, y con el agravante de la equiparación al enclaustramiento del duque de Edimburgo. Don Juan Carlos ha comenzado a desvanecerse , bajo su circunstancia y sin la más pequeña pompa. No hay intelectuales, escritores, políticos o militares eméritos y los reyes tampoco deberían recibir ese tratamiento jubilar. Eres lo que eres hasta que te mueres, y nadie confunde al viejo Rey con su hijo, siendo además Don Juan Carlos mucho más que otra rama en el árbol genealógico de la Monarquía borbónica y merecedor de un denso capítulo de la Historia contemporánea.

Recién instalado en Zarzuela como Príncipe designo a Jacobo Cano, un joven democristiano vacunado contra la autocracia, como jefe de su secretaría, quien le llevaba en procesión hasta a los socialistas hermanos Solana para que hablara poco y escuchara mucho. En el revirado acceso al palacete Cano se estrelló contra un autobús de la Guardia Civil en cambio de guardia. Mucho antes de acceder al trono envenenado del franquismo el Rey padre o el Rey viejo secreteó su estrategia para mudar su herencia en una Monarquía representativa y constitucional que devolviera a los españoles sus libertades y su protagonismo, llegando a enfrentarse dolorosamente con su padre, Don Juan. Falangistas como Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez (y generosos adláteres) fueron leales e inteligentes servomandos de una Transición que sin Don Juan Carlos no se hubiera demorado peligrosamente o se habría precipitado «a la griega» de su cuñado Constantino. La prevalencia de la información cotilla del corazón (que es un músculo ajeno al pensamiento) ha mordisqueado el armiño pero no debe alterar la estatura política de Don Juan Carlos, y menos en la hora de su desvanecimiento.