Reputación
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En estos tiempos confusos, tener una reputación es más necesario que nunca. La reputación –lo saben las personas reputadas– es un trabajo que se construye con constancia y voluntad. A golpe limpio de esfuerzo. Con rigor y tasando al milímetro cada paso. El funcionario probo hace su reputación cada día. La mujer cabal la cimenta en cada segundo de su vida. El criminal, que sabe que su reputación intimida a sus semejantes más que sus actos, no ceja en su empeño de infundir miedo con la simple mención de su nombre. El futbolista de élite, que empieza a sentirse cansado aunque no ha cumplido treinta años, vive de su reputación unas cuantas temporadas más antes de su jubilación... Etc. La reputación puede ser un manto que nos abrigue cuando las inclemencias del exterior sean duras. O un disfraz que nos permita salir pitando cuando las cosas se pongan feas. Es un antifaz, o un salvoconducto. Y muchas cosas más. El otro día, hablando con un profesor sobre un catedrático de la universidad hacia el que yo profeso cierta admiración, alabé su curriculum, su larguísima lista de publicaciones. Mi allegado, que también pertenece a la universidad, descorrió como si tal cosa la cortina de la reputación del individuo en cuestión, sentenciando: «Todo lo que ha publicado es basura, que se ha auto-editado él mismo usando para provecho personal fondos públicos. Su curriculum vale menos que el de mi sobrino, que cursa bachillerato». Al oírlo, me quedé estupefacta. Pasmada. Paralizada por el estupor. Como siempre que tropiezo con la mentira triunfante. Eso me hizo reflexionar sobre las falsas reputaciones que muchos importantes jetas patrios se han fabricado a fuerza de fantasías personales convertidas en verdades incuestionables, engaños presentados como actos prudentes y morales, o chorradas que han hecho pasar por irreprochables e imprescindibles trabajos realizados en aras del progreso humano. Gente con enorme desfachatez que ha logrado que sus carencias parezcan virtudes públicas dignas de admiración. Aprovechando además que, en estos tiempos confusos, todo se fabrica y olvida rápido, incluso a pesar de la «huella digital» (hasta los asesinos se redimen pronto, y pueden convertirse en estrellas televisivas, o de YouTube). Resumiendo: que a menudo comemos filfa creyendo que degustamos caviar proveniente del pez esturión Beluga albino del Mar Caspio.