El nacionalismo fractura la India
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La reciente victoria de Narendra Modi en las elecciones ha avivado aún más el nacionalismo hindú, cuya virulencia se une en un cóctel explosivo a la violencia machista y la tensión generada por el sistema de castas y la corrupción

La frondosidad de los bosques de Jammu y Cachemira, estado ubicado al norte de la República de la India, goza de una serenidad que a vista de pájaro muestra esplendorosos contrastes geográficos. El verde y el ocre desnudan el relieve durante el verano mientras que la estampa invernal refleja el manto blanco de unas montañas, lagos y senderos que hacen honor a su nombre de pila: paraíso en la tierra. Posarse sobre su superficie sigue siendo un primor para la vista aunque el factor humano obligue a cambiar las prioridades.

A pie de tierra resalta una hostilidad que no entiende de preciosidades ni de gamas cromáticas, sino de una aversión con diferentes aristas. Ya nada es bonito cuando la violencia tiñe de sangre el albero y el verdor, ya sea por el conflicto entre India y Pakistán que agita especialmente a esta zona; o porque parte de la población hindú se quiere deshacer de la musulmana; o porque el machismo es todavía más brutal en las zonas rurales, donde en muchas ocasiones la compasión es un bien extinto.

El 10 de enero de 2018, Asifa Bano, de ocho años de edad, pastoreaba apartada de los árboles lozanos del soto de la ciudad de Kathua. La explanada, espacio idóneo para que el ganado al que echaba el ojo junto a su familia campara a sus anchas, también la expuso a la crueldad de varios individuos hindúes que la divisaron ungidos en premeditación. Se la llevaron, sin contemplaciones, a la ciudad de Jammu, bastión hindú en un estado de mayoría musulmana ubicado a 84 kilómetros del lugar del secuestro. La trasladaron a un templo, la sedaron, la violaron en grupo y la estrangularon antes de propinarle dos golpes con una piedra. Una semana después, aquellos ojos candorosos aparecieron tornados junto a su cuerpo torturado; en el mismo bosque, en la exuberancia de un lugar privilegiado que algunos preferirían contemplar desde la lejanía.

En el atroz asesinato se vieron implicados un exfuncionario del Gobierno, su hijo, su nieto, un amigo, cuatro policías y un clérigo hindú. A pesar de la dureza -en la teoría- con la que se castigan este tipo de acciones, que son sancionadas hasta con la pena de muerte, la semana pasada, tres de los acusados fueron condenados a cadena perpetua por violación y ensañamiento, y otros tres a cinco años por destrucción de evidencias.

La capa más superficial de este caso descubre un asesinato envilecido contra una niña. La siguiente muestra la razón detrás de la sinrazón de unos habitantes que suelen responder con hostilidad a la “invasión” de la tribu nómada a la que pertenecía la pequeña, los Gujjars, quienes profesan el islam, a quienes consideran intrusos y cuyo ganado, afirman, destroza su hábitat. La última capa revela el corazón hindú, que late entre la contradicción de unos valores espirituales de bondad, de verdad y de lo eterno, combinados con un sentimiento de superioridad que tiene consecuencias fatales en la sociedad. La muerte de Bano, las reacciones de la clase dirigente y social, y la floja sanción a los procesados despluman las miserias de una sociedad india en la que su fuerza política predominante alienta con complacencia un nacionalismo que está llegando al extremo y que va más allá de la violencia explícita.

Modi aviva el nacionalismo hindú

La victoria de Narendra Modi en las elecciones generales celebradas entre abril y mayo fue la más contundente que se ha vivido en la India desde 1984. Alrededor de 600 millones de indios fueron llamados a las urnas en el ejercicio democrático más multitudinario del planeta; y el más costoso. La mayoría absoluta de 303 escaños obtenidos del total de 543 que estaban en juego dibuja un panorama en el que el nacionalismo hindú, representado por el partido de centro derecha, Alianza Democrática Nacional (BJP), sale extremadamente fortalecido en un país en el que casi el 80 por ciento de la población profesa esa religión.

El primer ministro repite legislatura, representa claramente los valores hindúes y ha sabido llegar a los corazones de sus votantes gracias a una serie de atributos que han calado en la sociedad. Su carisma y sus dotes de buen orador son ensalzadas incluso por sus detractores, cualidades que poco a poco le fueron otorgando peso político en la India. Primero, como máximo mandatario en su estado natal, Gujarat, ubicado al oeste del país, desde 2002 y donde desempeñó una labor que fue aplaudida gracias a su acierto en varios flancos: tolerancia cero contra la corrupción, el desarrollo de proyectos acuíferos que tuvieron una consecuencia directa en el incremento de la producción de algodón, un plan que dotaba de electricidad a las zonas más desfavorecidas y una política nacionalista, por ende, anti-musulmana, que conectó con su electorado.

La historia del joven de familia pobre que se dedicaba a vender té para salir adelante y acabó gobernando al segundo país más poblado del mundo fue un argumento demasiado seductor para esa mayoría social que no tiene los recursos suficientes como para estar en la cúspide de la sociedad de castas. Sirvió en su primera legislatura y continuó en la segunda, gracias también al descenso de una oposición débil cuyo líder, Rahul Gandhi, es visto por la sociedad como miembro del establishment. La dinastía que conforma el partido de centro izquierda, Congreso Nacional Indio, representa también la política casposa que pone al apellido por encima de la superación personal. Es la batalla moral del privilegiado contra el desfavorecido, retratado en Modi, quien llegó a lo más alto por méritos propios.

El miedo de los musulmanes

La religión es la piedra angular de su éxito con unos aires fundamentalistas moldeados con los años. Los musulmanes, menos del 15% de la población, viven sumidos en el temor diario. Después de que la pequeña Bano fuera apeada de su familia, torturada, violada y asesinada con tan solo ocho años de edad, hubo voces que se manifestaron a favor de los acusados en Nueva Delhi y otras grandes ciudades. Entre ellos se encontraban dos hombres de confianza de Modi en el BJP, que no dudaron en encabezar una de las congregaciones. La presencia de ambos ministros generó un malestar en la población que se vio amplificado por otro caso de violencia sexual que ocupó mucha de la atención en abril de 2018. Una joven de 16 años de edad trató de suicidarse frente a la residencia del jefe de ministros, Yogi Adityanath, tras ser agredida sexualmente por un diputado del BJP en el estado de Uttar Pradesh. Adityanath es uno de los hombres de confianza de Modi y solo hace dos años que llegó a la política. ¿Su mayor virtud? Ser un monje hindú y un político abiertamente declarado nacionalista.

Nada de esto ha sensibilizado suficientemente al electorado de Modi, todo lo contrario. En India ven en el primer ministro a un político transparente al que no le ha importado airear su mano dura contra la comunidad musulmana. Desde 2002, cuando un ataque perpetrado por la minoría religiosa dejó a 60 hindúes muertos en un tren que acabó ardiendo mientras cientos de peregrinos regresaban de una ceremonia religiosa. El Gobierno de Gujarat miró hacia otro lado para brindar su complicidad durante las hostilidades de la población contra los musulmanes, barrio por barrio, casa por casa. Se produjeron miles de muertes y durante más de una década, Modi tuvo prohibida la entrada a Estados Unidos.

Aunque tras confirmarse su amplia victoria el primer ministro le dedicó unas palabras de aliento a la comunidad musulmana, la cual apenas tiene representación política, lo cierto es que desde que ganó las elecciones se han producido varios ataques de odio contra personas que practican el islam. Muchos sucedieron porque grupos denominados ‘Los Vigilantes de las Vacas’ sospechaban que éstos transportaban carne de res. La vaca es el animal sagrado. Estos grupos vigías son responsables de decenas de fallecimientos en una sociedad que está peligrosamente polarizada y donde las minorías viven inquietas.

A esto se le suman varias lides en la que tendrá que operar Modi en los próximos cinco años. El desempleo y la crisis de las granjas, el enorme caos que provocó la retirada repentina de la circulación de los billetes de 500 y de mil rupias (cifras de dinero altas) con el fin de propinar un golpe a la corrupción que acabó afectando a toda la población, la sequía, las tensas relaciones con su vecina Pakistán y su política exterior. Para ello ha colocado al frente del Ministerio de Exteriores al tecnócrata, Subrahmanyam Jaishanka, quien tendrá la tarea de fortalecer las relaciones con China, con EE UU y a nivel regional con otros países vecinos. Aunque en lo económico se avecinan tiempos difíciles si el gabinete de Donald Trump continúa con su política arancelaria, el dirigente indio pretende modelar su imagen internacional para convertirse en un agente pro-activo en lugar de un mediador. El “India primero” gusta y brinda optimismo a sus ciudadanos en el contexto global de un nacionalismo en alza.

Son muchos los flancos que afronta Modi en la enorme India y poca la preocupación de lo que piensen sobre él. El mandatario es consciente de que su singularidad y su visión nacionalista le han dado la llave de un nuevo mandato, por eso los que lo defienden lo hacen a capa y espada y con la intransigencia del que piensa que lleva la verdad absoluta. Modi es un político pasional, como lo son los que han depositado su confianza en él.