En este momento la Santa Sede tiene una red de más de un centenar de Representantes diplomáticos que actúan en su nombre ante 183 países y organismos internacionales con los que mantiene relaciones diplomáticas.

Lo que fue durante décadas un terreno exclusivamente reservado a clérigos italianos hoy ya no lo es y en la diplomacia pontificia trabajan hombres que provienen de los cinco continentes; entre ellos, por cierto, cinco españoles en activo y otros cuatro ya jubilados.

La Misión de un Nuncio la describe concisamente el Código de Derecho Canónico: «A los Legados del Romano Pontífice –dice el canon 363– se les encomienda el oficio de representarle ante las Iglesias particulares o también ante los Estados y Autoridades públicas adonde son enviados».

En el discurso que les dirigió el Papa Francisco el pasado jueves –que no fue una bronca como algunos lo han calificado– les ha recordado el decálogo de su delicada misión: ser hombres de Dios, de Iglesia, de celo apostólico, de iniciativa, de obediencia, de reconciliación, del Papa, de oración, de caridad operativa y de humildad.

Por eso también les ha pedido que nos busquen el lujo, que no acepten regalos costosos, que no usen trajes y accesorios de marca, que sean humildes. Y por supuesto ha denunciado como inconcebible que quien le representa hable mal del Papa a sus espaldas o se una a grupos hostiles al Pontífice, a la Curia o a la Iglesia. Por desgracia ha habido casos recientes que testimonian que esto puede suceder y, por desgracia, ha sucedido.