El desconcierto
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Cuando debía tener alrededor de los nueve años iba ya solo al colegio de los Escolapios y en el camino coincidía siempre con una niña más o menos de mi edad que hacía un recorrido parecido. Quedaba muy lejos todavía la formación mixta. Nos sonreíamos a veces y entendí, imaginé, que podía existir una subterránea complejidad. Nunca supe su nombre y no intercambiamos palabra. O tal vez sí. Nos veíamos a distancia todos los días y creo que aquel fue mi primer amor, el más platónico de todos. La experiencia finalizó con el curso y no volví a verla ni a saber nada de ella. Es una historia más de una infancia con pocos relieves, no sé si descorazonadora, aunque se mantenga tenaz en mi memoria. Aquellos años escolares nada tienen que ver con los de mis nietos. Pero la desaparición de aquel primer amor, suspendido en el aire, me produjo, al curso siguiente, cierto desconcierto. Es un viejo recuerdo que no sé por qué razones me lleva a otro desconcierto, un desconcierto actual, de mi ser adulto. O tal vez solo sea la extrañeza de vivir en un mundo progresivamente ajeno, difícil de asumir como propio. Cuesta creer que, asentada la democracia con tantos esfuerzos, las fuerzas políticas, a una de las cuales voté con convicción, permanezcan enzarzadas en mantener sus egos y privilegios en vez de reparar en este país descorazonado, a la espera de que las diferentes fuerzas políticas ofrezcan, por acción u omisión, soluciones a problemas que nos agobian. Fui un niño que nació en el preámbulo de la guerra civil y creció en la dictadura. Vengo esperando unas briznas de felicidad pública y privada que se resisten. Claro está que también son deseos utópicos, infantiles, porque la vida es compleja y nosotros también. Pero acercándome a la última de los sucesivos peajes observo con perplejidad la lenta descomposición de Ciudadanos. Siempre lo vi un partido de derechas, aunque no tanto. El Partido Popular mantiene, sin embargo, su liderazgo pactando con VOX y evitando la doblez de Ciudadanos. Queda Unidas Podemos, cuyo objetivo único parece feo: hacerse con una parte del gobierno socialista, lo más amplia posible y salvar así la coleta de su deambulante jefe. PNV declaró ya que con Podemos no va a ninguna parte y los independentistas siguen en su rollo. ¿Qué puede o debe hacer un debilitado, pero a la vez firme PSOE para resolver el entuerto político? En este mejunje poco digerible cabe situar a VOX, la perfecta excusa de la izquierda y una flagrante incomodidad para la derecha que aspira a no serlo del todo.

El resultado es un desconcierto general que nos abruma e infantiliza. Recuerda aquellos amores que no pretendían ir a ninguna parte, sin futuro. Un vacío en el horizonte. Con variantes hemos ido repitiendo la experiencia a lo largo de una dilatada vida. Pero en la mirada cómplice a una perfecta desconocida surgía un borroso deseo de algo más, un destello abierto a muchas posibilidades no por fallidas menos vívidas. Me sorprende solo ver a día de hoy el fruto político de rencillas personales, de enemistades públicas, de absoluta despreocupación por el bien común. ¿Quién se acuerda de él? Creí haber votado una forma de gobierno y en cambio me siento en medio de una o muchas trincheras. Es posible que entre Rivera y Sánchez se hayan producido odios insalvables y entre los Pablos no exista ni un mínimo hilillo de vida. Es posible, aunque muy triste. Todo ello lo observará Casado con satisfacción. No cabe ya descartar a estas horas nuevas elecciones y aún más desconfianzas. Nacionalistas e independentistas siguen a lo que caiga. ¿Quién atiende a las demandas de cuantos votamos, hoy ya más que aburridos y desconcertados?.

Porque ya no es el amor infantil que se cruza en el camino, para muchos de nosotros representa la última posibilidad de ver cómo un país resuelve sus enfrentamientos a la búsqueda de una vida compartida. El mundo y las complejidades que lo envuelven no son fáciles de comprender. Los antiguos bloques ideológicos tal vez no sean ya útiles, los programas políticos se rectifican una y otra vez. Los escépticos pueden asumir determinadas situaciones y hasta llegar a ganar algo con el desbarajuste global. Nadie vota ya con exageradas esperanzas. Pero no sé por qué me viene a la mente aquella niña con la que nunca hablé. Fue la inocencia, otra edad, otro paisaje. La imagen de una esperanza que pudo ser real. Hubiera bastado con cruzar la calle, acercarse, tentar algunas palabras de saludo. ¿Qué partido o grupo político se atreve a cruzar la calle, tentar unas palabras de acercamiento al otro, y en definitiva avanzar en una línea que podría ser decisiva para nuestra futuro. Acercarse, ceder, proponer una cita. El cansancio ciudadano es un hecho real que no debería desestimarse. Si a ese cansancio unimos el desconcierto estamos ante un país sin fuerzas para enfrentarse al futuro. Ah, si yo ahora pudiera cruzar aquella calle de la infancia ...