El clímax salinax
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En los próximos días, previos al momento de clímax del intento de investidura, seguro que presenciaremos cómo se adueña de las argumentaciones generales una especie de poesía ambiental. Habrá épica y lírica: elegías, lamentos, plantos, reproches, amenazas, pastorales sobre la soledad, epíforas verbales sobre la irresponsabilidad y el abandono, etc. Ponerse poético puede que esté muy bien y quede bonito, pero ya sabemos que luego no resulta muy operativo en el mundo real. La prosa mientras tanto seguirá su curso, impertérrita, diciéndonos que hay que pactar algún gobierno para hacer las cosas del día a día. Pero a la prosa, aunque cierta y clara, nadie le hará mucho caso porque ya es sabida y es aburrida.

Inmersos en este ambiente de emoción pública y grandes gestos, podríamos recopilar en un libro, quizá bajo seudónimo, los mejores momentos líricos de las negociaciones durante todas estas semanas. Al fin y al cabo, si Dante tuvo a su Beatriz, Pedro ha tenido a su Pablo, ya que Rivera se ha obcecado en ser Aldonza Lorenzo. Ya solo en torno a Iglesias, el autor Pedro ha segregado suficientes hemorragias poéticas como para completar un volumen. Su título, evidentemente, debería ser «La Vox a ti debida». Bajo ese epígrafe (que podríamos atribuir con facilidad a cualquier postautor que nunca haya tenido demasiados escrúpulos para firmar como propia alguna frase ajena) sería posible hacer encajar perfectamente los más famosos versos de la generación del 27. Ejemplo: «si queremos juntarnos, nunca mires delante: todo lleno de abismos» o, en la misma obra, «no te expliques tu amor, ni me lo expliques; obedecerlo basta». Pablo Iglesias puede también recurrir a la misma fuente y usar el conocido verso de «tu dulce peso rosa» para reprocharle al postautor que rojo, rojo del todo, ya no es.

En cualquier caso, la contribución decisiva de Iglesias a una obra artística de este calibre será cuando Iglesias haga suyos aquellos otros versos del mismo libro donde el verdadero poeta original decía, con total honestidad: «Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra –la única que te ha gustado–, una sombra parecía, y la quisiste abrazar. Y era yo».