Es la isla mas meridional de Italia casi equidistante de las costas de Libia y las de la península. Se ha convertido en el punto más neurálgico del flujo migratorio. Para llegar a ella, por desgracia, centenares de seres humanos hallaron su tumba en el Mediterráneo. Hace seis años Francisco decidió elegirla como destino de su primer viaje fuera de los muros vaticanos. En la homilía que pronunció en la isla acuñó su celebre expresión «globalización de la indiferencia» para estigmatizar el olvido y la ignorancia con la que el mundo acogía la tragedia de decenas de miles de personas que buscaban un horizonte de esperanza.

El lunes pasado Bergoglio ha querido rememorar este gesto. Celebró una misa en San Pedro a la que sólo pudieron asistir un par de centenares de refugiados, emigrantes forzados y algunos voluntarios de las ONG dedicadas a salvar vidas. Volvió a alzar su voz para condenar -sin citarle- las políticas xenófobas y racistas del vicepresidente italiano Matteo Salvini sin olvidar el «olvido» con que otros gobiernos acogen las noticias de naufragios en los que mueren niños, madres embarazadas, jóvenes que han sido víctimas de ultrajes, torturas y violaciones. El Papa no necesita acudir a programas políticos para manifestar su solidaridad ante esta tragedia. «Los inmigrantes -dijo- son, antes que nada, seres humanos» y en cuanto tales deben ser tratados con la dignidad y el respeto que exige la vida de cualquier persona que, para los cristianos es siempre un don de Dios».

A pesar de la política de puertos cerrados de Salvini a Lampedusa llegan pequeñas embarcaciones con algunos botes que desembarcan en sus playas ante el estupor de los turistas y veraneantes. Parece obligado recordar el refrán de que todavía hay cosas imposibles como «ponerle puertas al mar».