Sánchez va desnudo

Pedro Narváez

Pedro Sánchez ha estado jugando con nosotros en un tablero de ajedrez. En Moncloa debieron ver «El séptimo sello» y se dijeron que la imagen era eficaz, solo había que cambiar el guion. Todo aquel que no fuera el presidente sería el malo de la película. Los españoles fuimos meros figurantes, extras de queso en una hamburguesa. Pero más que ajedrez, la sesión de la no investidura fue un combate de boxeo. Alí contra Foreman. La pelea en la selva. Pedro y Pablo llenaron de plomo los guantes y pasaron de vaselina. Pablo cree que ha ganado con esos golpes dialécticos que derrumbarían a un gigante. A Pedro solo le quedó apretar la mandíbula. Y preparar la venganza, que es el relato, la historia con la que anhela embelesar a los votantes. Iglesias estaba muerto y ahora cree que ha resucitado, que es lo que les pasa a los difuntos que deambulan en tierra de nadie. Pedro estaba muy vivo y piensa que conseguirá la vida eterna. El Gobierno tiene más fácil convencernos de que Pablo es una cabeza de chorlito que ha impedido una Legislatura de izquierda pata negra. Que se golpeen hasta que no les quede piel sin moratón. La historia cierta es que hemos pasado tanta vergüenza que esos parlamentos donde los diputados acaban tirándose las sillas a la cabeza parecen de «Barrio Sésamo». Pablo ha sido, más que una reina, un peón... albañil. Mucho pico y pala pero la gloria se la quiere llevar un arquitecto, el señor del ajedrez monclovita que preparó un jaque mate a la izquierda para quedársela. Ahora Sánchez va desnudo. Borracho de soberbia. Bajito en su metro noventa. Fracasado antes de su próxima victoria.