La policía política ha señalado a Plácido Domingo como un tirano sexual y se dispone a derribar sus estatuas gigantes, que es lo que hacen cada vez que cazan a uno de ellos, pasa lo mismo en las revoluciones. Acuérdense de Sadam Hussein. Qué espectáculo, qué aria tan brillante. Las que deberían estar ante el pelotón de ejecución mediática son las señoras que denuncian supuestamente abusos que ocurrieron hace treinta años y que no dan la cara por temor a las represalias.

¿De quién? Pero si medio mundo quiere conocer sus nombres para contratarlas. Deberían cerrar sus puertas esos teatros que ahora dan la espalda a la estrella. ¿Si algo ocurrió los jefazos no sabían nada? Por fin ha llegado el momento que tanto esperabáis. Sois alguien en el mundo. Para qué andar con paños calientes si me van a fusilar igual. A saber: nadie sabe qué hizo o cómo lo hizo Plácido, cuánta delicadeza empleó en seducir. Si nadie sabe, que nadie juzgue. No ametrallen todavía que la trayectoria de una bala puede variarla el viento. Si cometió algún delito execrable que cumpla su condena, siquiera reputacional. Mientras tanto no nos avergüencen con chismes de alcoba y roces de falda. Ahora crecen las ofendidas como en una de esas óperas bufas, perdí la honra porque estaba en juego mi carrera.

Hemos llegado a un tiempo en que la presunción de inocencia es papel higiénico para los altavoces del #Metoo. Los jueces son muñecos de paja que arden en una pira política. No hay que poner la mano en el fuego por nadie. Ni por Plácido ni por las acusadoras. ¿Pero qué puñetas hace la orquesta de Filadelfia cancelando un concierto por una información de una agencia periodística? La Pantoja estuvo en la cárcel, cosa juzgada, y es la reina de España. Cumplió su pena, la de telediario y la de verdad, entre rejas. Para eso se supone que está el Código Penal. El castigo y la redención, que ahora se llama rehabilitación.

A Plácido, sin embargo, no le corresponde ni la sombra de una duda. Hagamos pues una causa general. Que el Ministerio de Cultura abra una oficina de información anónima dirigida por Carmen Calvo. Demos el do de pecho sostenido. Revelaciones con la voz distorsionada y esos juegos televisivos. Si Plácido es un monstruo con dos cabezas que los arcángeles justicieros le arranquen la podrida. Hasta entonces, y aún así, que su voz nos abrigue.