Existe una rabiosa reacción al feminismo que, con tal de desacreditarlo, es capaz de excusar y defender a violadores y acosadores, desplegando una panoplia de bachillerías y pretextos inmorales con los que justificar conductas abominables que no tienen cabida, ni son tolerables, en un mundo civilizado. Sorprende leer algunos comentarios a las noticias que relatan denuncias sobre el comportamiento rijoso de señorones poderosos que, durante décadas, han abusado de su estatus privilegiado para importunar a jovencitas que se encontraban bajo su influencia, sobándolas, besuqueándolas, molestándolas.

Como diría el «Pionero» Gil y Gil, son unos «babiosos», simplemente. Señores bien señoreados que llevan toda la vida confundiendo seducción con abuso de poder. Que han acorralado a mujeres –muchas terminaron acostándose con ellos, quizás por agotamiento nervioso–, pensando ser grandes conquistadores cuando no eran más que tunantes lujuriosos de medio pelo, que intimidaban más que atraían. Hombres por lo general maduros y poco atractivos, pero que –ayer como hoy– ejercen un poder claro y dominante sobre mujeres jóvenes, que se ven aturdidas por sus atenciones.

Que sienten, primero, una mezcla de halago y confusión («¿Yo merezco que este Don Fulano se fije en mí?»), y luego de amenaza, terror y asco a partes iguales. Hasta hace poco, soportar las maniobras lascivas de estos machos alfa de bragueta liviana, no era tarea fácil. Nadie escuchaba a una mujer quejándose de que Don Fulánez le había tocado una teta en una reunión de trabajo. Al final, ella era una mindundi, y él un jefazo. Si ella lo hubiese contado públicamente, la habrían acusado de frívola, de ir provocando, de imbécil y de pilingui. El acosador, como el violador, deja una mancha sobre su víctima.

Hasta ahora, el culpable quedaba impune, y la víctima señalada con la mácula de la incitación, la sospecha, la lubricidad y la sumisión del inferior. Macho viejo, importante y poderoso, que promete favores que nunca cumple, versus mujer atractiva deseosa de hacer carrera... El babioso siempre salía ganando a ojos de la sociedad. Además, él conseguía esporádicos polvos, cotidianos toqueteos, la emoción de lo ilícito y la fama reputada de machote seductor. Pero ya, por mucho que se empeñen los defensores de lo moralmente indefendible, se acabó la veda para los babiosos. Para los babiosos y los facinerosos. Y tal y tal.