El enigma Francisco
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A lo largo de este pontificado se ha producido entre los conservadores un desapego del Papado que no cabe despachar con desprecio. Los más formados lo afrontan con sencilla obediencia, pero aquellos cuya fe en la Iglesia es más endeble, se distancian. ¿Qué desconcierta a estas personas?

En primer lugar, la idea de que el Papa promueve un relajamiento moral, por ejemplo, en la indisolubilidad del matrimonio o la homosexualidad. No es cierto todo esto. De acuerdo con lo señalado por Juan Pablo II y Benedicto XVI, hay muchos más matrimonios nulos de lo que se cree. ¿Cuántos enlaces se contraen con pleno conocimiento del acto, con libertad real y aceptación de los fines del matrimonio? Muchos cónyuges que rompen el vínculo están, en realidad, necesitados de una catequesis de iniciación al catolicismo. Y hay divorciados y vueltos a casar que están viviendo su primer matrimonio natural real. En lo tocante a la homosexualidad, se ha dicho hasta la saciedad que no se pueden condenar las tendencias. Si se incurre en el pecado, tanto derecho tienen los homosexuales a la absolución cuanto los heterosexuales. Francisco no ha cambiado la doctrina. Sólo la plantea desde el siglo XXI.

En segundo lugar, hay posiciones políticas del Papa que desconciertan. No debería extrañarnos que la «Weltanschauung» de un americano nos choque. Wojtyla estaba muy marcado por su identidad polaca, Ratzinger, por la alemana. Bergoglio mira a Estados Unidos, Cuba o Venezuela como un hispanoamericano. No creo que estos juicios coyunturales tengan que ver con la doctrina.

Finalmente, se achaca al Papa cierto «pelagianismo». Como si hubiese sustituido la Gracia por las obras, concretamente con los pobres. No he visto a Francisco dejar de predicar los sacramentos ni la oración. Creo más bien que el Papa plantea una cuestión metodológica. Para entender este punto conviene mirar en derredor. El mundo se ha secularizado y el discurso moral ya no se entiende. A las personas les da literalmente igual «vivir en pecado». ¿Son malas? No, sencillamente no reconocen el vínculo entre la virtud y la felicidad, porque la cultura se ha descristianizado. Creo que el Espíritu Santo está abriendo hacia los hombres de hoy el único camino posible, el del principio: el espectáculo de la Caridad. ¿Qué llamaba la atención de las comunidades iniciales? Que vivían en amor, compartiéndolo todo, cuidando a las viudas y los huérfanos.

Francisco no propone nada nuevo. Sencillamente, nos anima a recuperar la experiencia de Cristo con los leprosos o los rechazados, las prostitutas o los moribundos. Y no hay mejor momento histórico porque, hoy más que nunca, no hay Caridad sin Jesús. Donde hay Caridad está Cristo y hay misión y recuperamos la fe. El Espíritu Santo nunca se equivoca.