¿Ciudad de ladrones?

Julián Cabrera

Existen países como Estados Unidos donde parecen estar más acostumbrados a los tiroteos en la calle a plena luz del día o a las masacres en colegios de secundaria que a delitos más de «andar por casa» como el robo de una mochila, el timo de unos trileros o que te tomen «prestado» el iPhone de última generación paseando por ejemplo por las inmediaciones del paseo Juan de Borbón o por la Boquería. Pero existen también cosas como el deterioro en la imagen de una ciudad como Barcelona derivado del alarmante aumento en los niveles de delincuencia, que no ocurren por casualidad ni obedecen a oscuros contubernios. Es cierto que una imagen repetida muchas veces puede distorsionar la realidad, pero Barcelona nos ha brindado escenas de inseguridad ciudadana circulando en bucle por todas las televisiones y abriendo tiempo y espacio en radios y prensa escrita y que nunca han sido propias de las grandes ciudades españolas, siempre muy por debajo de las medias europeas. Imágenes más propias de otras latitudes ante las que se establecen las recomendaciones preventivas de rigor antes de ser visitadas.

Esta es precisamente la gran campaña de nueva leyenda negra que de puertas para afuera está socavando seriamente el nombre de la ciudad que fue espejo para todo el mundo a partir de los juegos olímpicos del 92. No son solo las recomendaciones de la embajada norteamericana a la hora de visitar la ciudad condal, la paranoia se ha extendido como la pólvora y hasta prensa como el diario alemán «Frankfurter Allgemeine» ha llegado a calificar a una de las ciudades tradicionalmente más atractivas para los foráneos como «ciudad de ladrones». Llegados pues a este punto, tal vez sea de rigor –y sin ánimo de alimentar esa leyenda negra, pero tampoco de escudarse en orgullos localistas– testar la auténtica responsabilidad de unas autoridades políticas que, con la alcaldesa a la cabeza y sin exonerar al propio ministro del Interior, se escudan en la equiparación de lo que sucede en las calles barcelonesas con «hechos puntuales». Que Ada Colau mostrase la sensibilidad de un tritón ante el grave problema mientras «quemaba» o, según algunos se bebía Barcelona en las fiestas de Gracia, es éticamente reprobable, de igual forma que calificar de soluciones «simplistas» las propuestas desde la oposición para incrementar la presencia policial en esa capital resulta como poco osado por parte de Grande Marlaska que, en línea con el nuevo relato de moda propuesto por el Gobierno, no dudó en sacar a colación a Madrid...siempre Madrid, máxime tras volver a caer en las «garras» de la derecha. Es a los responsables políticos de todas las administraciones con la municipal a la cabeza a quienes toca revertir la situación de inseguridad en Barcelona y a quienes corresponde demostrar que lo de «ciudad de ladrones» solo quedó para la tristes correrías de los Pujol.