Llegados al momento decisivo, en el que se decide el rumbo de la política en España, nadie quiere presentarse ante los votantes como culpable de la repetición de las elecciones. A eso obedecen los últimos movimientos, más o menos sorprendentes, de los dirigentes de los partidos. La propuesta de última hora de Rivera, que hasta ahora se había negado incluso a hablar con Pedro Sánchez porque no se fía de él, trata además de desactivar las críticas internas –Valls amenaza con promover una nueva formación con los disidentes–, de evitar el batacazo y de recuperar un cierto protagonismo tras una larga ausencia. De paso, se adelanta a la jugada de Pablo Casado, que tenía un plan coincidente. Saben de sobra los dos que sus condiciones para la abstención en la investidura facilitando así el Gobierno de Sánchez –romper con los nacionalistas en Navarra, no subir los impuestos, comprometerse a no indultar a los políticos catalanes, estar abierto a aplicar el 155...– parecería como pedir peras al olmo, pero, acostumbrado a variar de posición si le conviene, el dirigente socialista es capaz de aceptarlas y decirle sí al Rey.

Nadie podrá acusar a partir de ahora, con fundamento, al Partido Popular y a Ciudadanos, de forzar con su negativa la vuelta a las urnas el 10 de Noviembre. Además, en Bruselas y en el mundo de los negocios les agradecen vivamente el gesto. Los empresarios quieren evitar a toda costa un pacto con Podemos y los separatistas, eso que se llama amenazadoramente un «Gobierno de progreso». En Moncloa llevan meses haciendo marketing en vez de política. Y ahora, de repente, desde la oposición hacen por fin política y derriban el sofisticado tinglado del marketing que manejaba Redondo. Algún día conoceremos el silencioso trabajo subterráneo que se ha desarrollado en las últimas semanas para buscar una salida al atolladero, dándole la vuelta a la situación. Hasta ahora nos quedábamos, según parece, con la espuma de la política. Sánchez, después de acabar con tortícolis de mirar a la izquierda, se ve forzado a mirar a la derecha. A ver qué pasa. Históricos dirigentes del PSOE, que algo han tenido que ver con esto, respiran aliviados. Tanto Rivera como Casado desmienten, con su oferta generosa, a los que desprecian su categoría política. Nada está aún resuelto; pero el rumbo político de España parece que puede encaminarse. Una vez más habrá que hacer caso a Ortega: «Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana».