El Tribunal Supremo dijo el otro día que avalaba el traslado de los restos de Franco del Valle de Los Caídos a otro sitio. Les invito, por cierto, a que vayan a verlo, porque es de traca. No hay cosa más fea, más horrible y más elefantiásica. El Tribunal Supremo, concretamente, la Sección Cuarta de la Sala de lo Contencioso Administrativo, rechazó la pretensión de la familia Franco que, pretendía, fueran a parar a la Catedral de la Almudena de Madrid. El Tribunal Supremo tomó esta decisión por unanimidad. Recordemos que, ese mismo Tribunal, sentenció, hace unos meses y también por unanimidad, paralizar la decisión del Gobierno. Esa paralización es una estupenda oportunidad para pensar que, esos magistrados, están mirando con lupa cualquier detalle. Y que debemos confiar en ellos cuando ratifican como ajustado a derecho el recurso de la familia y, ojo, cuando su resolución es que hay que sacar los restos de Cuelgamuros, debemos confiar aún más. Cuando la resolución fue contraria a los intereses de la familia Franco, muchos medios de izquierdas (ejem, busquen en otro sitio) señalaron a José Luis Requero. Requero es miembro del Supremo y se le buscaron hasta las varices para dejarle en evidencia. Requero, que nunca lo ocultó, es un señor de derechas, un juez vocacional, un tipo que cree que la justicia es como un sacerdocio. Y algún medio de izquierdas sembró todas las dudas posibles por sus contactos con el facherío más rancio. Se escudriñó en su biografía, en los hijos que tenía, en si rezaba o no, en si iba a misa todos los días. Bien. Ahí está el resultado. Sin tener nada que ver con Requero, sin compartir ideología, sin tener vínculo alguno más allá de haber leído «El asalto a la justicia» (que es un tratado magnífico) creo que esta resolución demuestra que, si yo tengo un problema, me lo traten en el Supremo. Plis.