Opinión

La necesaria supervivencia de Cs

Tras el primer impacto provocado por los desastrosos resultados de Cs en las pasadas elecciones de 10 de noviembre, dio la impresión que el equipo dirigente del partido no era consciente de lo que había pasado. Al día siguiente, Albert Rivera anunció que dejaba la política, pero entre las razones –y, sobre todo, en las emociones–, no expuso ni una causa que, al menos bajo el punto de vista del que dirigió el partido, explicase por qué Cs está en trances de extinción. Ahora están haciendo el recuento del destrozo y comprobando que pasar de 57 a diez diputados les sitúa en la irrelevancia política. De poder formar parte del gobierno y trabajar por las reformas que España necesita, como tantas veces hemos oído desde la tribuna del Congreso, se ha quedado fuera del tablero político, aunque todavía podría hacer valer su exigua representación parlamentaria. Ha llegado el momento de la resaca y de aceptar su aplastante derrota. Ayer, dos dirigentes de la máxima confianza de Rivera anunciaron que también dejaban la política. José Manuel Villegas, secretario general del partido, y Fernando de Páramo, responsable de Comunicación, han dimitido de sus responsabilidades y de toda actividad pública. No podía ser de otra manera: eran los mayores valedores de la estrategia de Rivera, verdadera «guardia de corps» que le llevó a la situación de aislamiento que el líder naranja evidenció en el último periodo. La lista de dirigentes que ya han dejado la política o que han perdido sus condición de diputado es extensa y muestra una fotografía demoledora. Cs puede desaparecer si no hace una análisis valiente y certero de esta crisis. Y no hay más salida que revisar la estrategia que ha llevado al partido a las puertas de la extinción. La caída fue tan grande –más de 3,5 millones de votantes– que sólo puede interpretarse como una enmienda a la totalidad de sus electores. Rivera y su equipo se equivocaron en el papel político que debía ocupar Cs. Parece que convertirse en un partido bisagra, centrista y moderado rebajaba sus aspiraciones. Es cierto que estuvieron muy cerca de superar en votos al PP, pero los sueños pueden crear monstruos políticos, y en parte de ahí viene su actual situación. Esta distorsión de la realidad le llevó a una desorientación en su papel, realizó un reajuste ideológico precipitado y emprendió una radicalización que dejó a su propio electorado exhausto. El Rivera de sus últimos debates mostró a un líder histriónico y, lo que era alarmante en un partido como CS, con gestos populistas. Si su caída en toda España es fuerte, en Cataluña tiene, además, un significado muy especial. Cs surge como reacción al nacionalismo catalán en la fase en la que éste emprendía su deriva independentista, pero en ningún momento se presentó como alternativa real capaz de ponerse al frente de la Generalitat. Sin embargo, además de su implantación territorial con participación en la administración autonómica, Cs ha dejado huella en la sociedad y, sobre todo, ha abierto un espacio político natural que hay que llenar. Diez diputados es una escasa representación, pero tiene la oportunidad de hacerla valer en un momento tan complejo como el actual. Sabemos que empecinarse en negar la investidura a Pedro Sánchez, cuando era la mejor opción para evitar un gobierno que dependiera de populistas y nacionalistas, fue penalizado por sus votantes. Ahora tendría la oportunidad de corregir y sumar sus votos para que los socialistas gobernaran en solitario, pero ya es sólo una hipótesis improbable si el PP no se abstiene y, sobre todo, Sánchez no la contempla. En todo caso, hay dos certezas: Cs está abocado a una renovación profunda, en la que nuevos cuadros con experiencia de gestión como Ignacio Aguado deben figurar en primera fila, e Inés Arrimadas es quien puede con más solvencia liderar el proyecto. Sólo queda lo más difícil: saber qué proyecto.

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