El Día de la No Violencia contra la Mujer nada que nada tiene que ver con ser mujer

Mañana, 25 de noviembre, es el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer. O de la no violencia contra la mujer. O contra la violencia hacia la mujer. O como vosotros queráis, que a mí todo me va bien. Y es este el día elegido por conmemorarse en esta fecha el asesinato de las tres hermanas Mirabal, en 1960, en República Dominicana. Un crimen en realidad de estado que ha pasado a ser representativo de la violencia contra la mujer, por el mero hecho de serlo, despojando de toda carga ideológica o política a un suceso que es, eminentemente, eso.

No quiero decir con esto, por supuesto, que no deba haber un día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer. Yo estoy muy a favor de los días Internacionales de cualqiuier cosa. Incluso del día Internacional del retrete (que lo hay, os lo juro). Y especialmente, estoy a favor de los días Internacionales para la eliminación de la violencia. De cualquiera. Es más, de lo que estoy más a favor todavía es, directamente, de eliminar toda violencia. Y no solo contra las mujeres. También contra los niños. Y contra las personas mayores. Y contras las personas con cualquier tipo de deficiencia, y sin ella, y los animales e, incluso, los pelirrojos. Vamos, a tope estoy con que no haya violencia ninguna. Lo que pasa es que, como soy una tiquismiquis, no me parece acertada la fecha.

- ¿Por qué? - pregunta al fondo una señora, ya indignada preventivamente, abanicándose fuertemente el pechamen mientras da codazos al también indignado señor del fulard. Qué cruz la mía.

Pues mire, señora, porque las hermanas Mirabal no fueron asesinadas por ser mujeres. Es más, reducir su papel como activistas opositoras al sanguinario régimen de Trujillo al mero papel de señorita de buen ver cortejada por el sátrapa (como se hace en algunos escritos con Minerva, en base a una anécdota en un baile) es indignante. Y más machista, incluso, que el machismo que se pretende denunciar. Le cuento:

Las hermanas Mirabal pertenecían a una familia acomodada de la provincia de Salcedo, en el centro de la isla. El hogar cayó en desgracia con Trujillo en el poder (como tantos) y Minerva, una de las hermanas, se significó políticamente en su contra de manera muy clara y activa. Conoció al que fue su marido mientras ambos estudiaban derecho y, más tarde, fundarían juntos el movimiento de oposición “14 de junio”. Patria y María Teresa, dos de sus hermanas, también se unirían a la lucha clandestina, como sus respectivos maridos; mientras que Dedé, la cuarta hermana, se mantendría al margen (auqnue las ayudaría ocultando documentos, facilitando la logística o, incluso, cuidando de sus hijos).

Tanto ellas como sus esposos fueron apresados y torturados en diferentes ocasiones. Como muchos de los hombres (en su mayoría) y mujeres (muchas menos) que se organizaron, poniendo en peligro sus vidas, para luchar contra un régimen sanguinario y tirano.

El día 25 de noviembre de 1960 las hermanas Mirabal volvían de visitar a sus esposos, encarcelados en la Fortaleza de San Felipe, en Puerto Plata, cuando su vehículo fue interceptado por miembros del SIM (Servicio de Inteligencia Militar). Fueron obligadas a descender, apartadas las unas de las otras, apaleadas hasta la muerte y, una vez introducidos sus cadáveres de nuevo en el coche, este fue despeñado para simular un accidente. Este crimen se convertiría en la gota que colmó el vaso, el detonante, el cable pelado que facilitó que el pueblo dijese "basta" y se pusiese en marcha la maquinaria necesaria para que el 30 de mayo del año siguiente, en el km 9 de la carretera que va de Santo Domingo a San Cristóbal, con el malecón y un mar Caribe de un turquesa increíble a un lado, fuese asesinado Rafael Leónidas Trujillo, balasera mediante.

¿Violencia contra la mujer? Violencia contra tres mujeres, sí. Y contra un hombre. Porque las hermanas Mirabal viajaban acompañadas de Rufino de la Cruz. Rufino, también activista, ha desaparecido de las crónicas para no fastidiarnos el día. Porque al feminismo le sobra un hombre en este drama. Parece ser que su muerte, idéntica a la de las tres mariposas (nombre en clave por el que se conocía a Minerva y que se hizo extensivo a las tres hermanas tras su muerte) no es tan importante. Es menos muerte. Es menos dolorosa. Pero lo cierto es que la muerte de Rufino demuestra, entre otras cosas, que no las mataron por ser mujeres. No fue su genitalidad lo que determino su destino. Fue su signo político, su determinación en presentar resistencia. Como la de tantos hombres y mujeres que dieron su vida en tantos otros crímenes de estado.

Quizás, para rendir tributo a las hermanas Mirabal, que lo merecen, deberíamos hacerlo por sus actos, por su valentía y resistencia, por su constancia y su valor. Deberíamos, quizás, recordarlas como las mujeres adelantadas a su tiempo que fueron y que, en un momento y un lugar (no olvidemos que provenían de una zona rural de una isla del caribe) en el que el papel de la mujer se reducía al de cuidar de los hijos y la casa, fueron capaces de estudiar, de trabajar (Minerva incluso fue socia comercial de su padre en diversos negocios) y militar en la oposición. De poner en riesgo su vida y la de los suyos, exponiendo todo aquello que poseían y amaban, para defender sus ideas.

Reducirlas a elemento pasivo, a mujeres desvalidas víctimas de una violencia machista endémica, en lugar de elevarlas a símbolo de la resistencia política y firmes defensoras de los derechos fundamentales y de la democracia, que es lo que fueron, es, como poco, matarlas dos veces. Vergüenza debería darnos.