El altillo

Julio Valdeón

A Jesús Nieto Jurado le debo un texto y un abrazo. El texto a cuenta de un bello proyecto canalla que merece coronarse. El abrazo, agradecido, por la lectura de «El altillo», carnívoro dietario. Nieto Jurado tiene edad de grumete pero acumula trienios de prosa en carne viva. Ha escrito unas memorias simultáneas, bañadas de nostalgia, ahogadas de futuro, en un viaje madriles al fin de la noche. Una actualización de aquellas luces de bohemia de Valle pasadas por la dupla electrónica de Leonard Cohen. No son prematuras sino radiantes. Abrazadas de amor y muerte. Anudadas a la vena cava de la ciudad desnuda mientras su autor se desangra en mil columnas, editoriales, reportajes, reseñas, crónicas y entrevistas. Viajero del sur, náufrago con viento de poniente, Nieto Jurado llegó a Madrid enganchado a la obsesión por la literatura y el sexo. En lugar de encontrar a Umbral, que pertrechó a Raúl del Pozo con un abrigo, un fotógrafo y una novia, dió con el mismísimo Raúl. Habría que hacer censo de todos los alevines de periodistas, envenenados de poesía, boqueras, a los que el genio (nos) adoptó con generosidad arrolladora. Nieto Jurado respondió con una pasión irrompible por la escritura y una habilidad prodigiosa para acariciar vocablos y arponear ideas. El nieto de Alcántara, penúltimo de una estirpe de reporteros, sobrevivió a los vendavales del hambre como pastor de cócteles, profesional del canapé, al que accedía después de descolgarse con una pregunta improvisada al orador o pasmarote de turno. Después volvía al altillo del infierno y brindaba por la última rubia que vino a buscar el asiento de atrás, en un cadillac solitario y sobre todo imaginario sin más compañía que el murmullo de voces que brotan de la noche en que llegó al café Gijón, joven bueno y malvado al que dio por salvarse en la columna como otros escalan ochomiles sin mascarilla o exploran fosas abisales. El francotirador, memorialista, novelista de su generación y las otras, ya no habla como un ministro, que decía Raúl, y no escribe mejor porque es sencillamente imposible. A veces, al final de la fatiga, hace como el poeta y enseña a andar palabras de la mano. Sabe que ser hombre es ir andando hacia el olvido y hace acopio de nubes, whisky, pólvora, tinta y besos para que nadie olvide, para que nada se olvide.