El apunte de Francisco Marhuenda: “Quim Torra, un presidente ‘okupa’ en el Palau de la Generalitat”

“Torra no es diputado y por tanto no es presidente de la Generalitat. Por eso, su reunión con Sánchez es una rendición en toda regla”

El presidente del Govern, Quim Torra, hoy en el Palau de la Generalitat
El presidente del Govern, Quim Torra, hoy en el Palau de la Generalitat

Hay cosas objetivas y otras que son subjetivas. Es preocupante cuando el fanatismo o el partidismo pretenden convertir lo subjetivo en objetivo. Cualquier lector puede leer el denominado “Documento abierto de agenda para el reencuentro” de la presidencia del Gobierno cuya oportunidad y contenido son un despropósito. En primer lugar está la oportunidad.

Joaquim Torra, que ya no es presidente de la Generalitat porque ha perdido la condición de diputado autonómico, ni es ni puede ser un interlocutor del presidente del Gobierno. No tiene ningún sentido. Es algo tan estrafalario que solo se puede calificar de esperpento. A esto hay que añadir que ha anunciado solemnemente la convocatoria de elecciones catalanas, aunque sin poner una fecha concreta. Otro esperpento.

El Estatuto de Autonomía de Cataluña establece la condición de diputado para ser presidente de la Generalitat y por tanto su pérdida comporta, necesariamente, también la de este cargo. Ni siquiera hay que ser un experto constitucionalista para entender esta obviedad. Es tan insólito defender que lo sigue siendo como si alguien considerara que se puede ejercer de médico o abogado si se pierde o no se tiene el respectivo grado universitario. Lo que sucede en las instituciones catalanas es tan anómalo en todos los ámbitos que nos hemos acostumbrado a que el nuevo despropósito sea mayor que el anterior. A esto hay que añadir la nulidad de los actos de un presidente que no lo es y que por tanto tendría que haber sido sustituido por el vicepresidente hasta que la Cámara eligiera al sustituto. Otra cuestión distinta es que se pueda estar de acuerdo o no con la resolución de la Junta Electoral, pero la realidad es que se ajusta a derecho como muy bien ha establecido el Tribunal Supremo. Torra no es diputado y por tanto no es presidente de la Generalitat.

Esto hace aún más insólito que Pedro Sánchez se reúna de forma solmene con él y además le entregue ese documento. No es fácil ignorar la angustia del gobierno como consecuencia de su fragilidad parlamentaria y la imposición de ERC que le obligó a cambiar en pocas horas un comunicado de prensa tras la visita de Rufián a La Moncloa. El término “reencuentro” parece que sea de una pareja de enamorados que se han distanciado. La realidad es que es una rendición en toda regla. Y, una vez más, no lo entiendo, porque era un gesto totalmente innecesario. El tacticismo gubernamental es inquietante, porque no forma parte de una estrategia sino, simplemente, de una errática forma de supervivencia que es, además, innecesaria en este momento procesal.

La dignidad de las instituciones del Estado es muy importante. Por ello, Sánchez tendría que haber esperado unos meses para celebrar esta reunión y convocar la mesa negociadora. La excusa de la convocatoria de las elecciones autonómicas es tan obvia que no merece mayores comentarios. El presidente del Gobierno de España no tiene por qué reunirse con un condenado por un delito electoral y que ha sido desposeído de su condición de diputado. No es el presidente de una asociación de vecinos o de amigos de la colombofilia. Los 44 puntos del documento divididos en seis epígrafes van precedidos, en lo que llaman “estatus”, de un “SÍ” que resulta, simplemente, pueril. Un poco más y los miembros de la comitiva presidencial se ponen una camiseta con la imagen de los presos, de los fugados de la Justicia o del propio Torra. Tan grande era el deseo de agradar que solo faltó este colofón final para complacer al indigno okupa del palacio de la Generalitat.

Nada de lo que escriba o diga hará cambiar a Sánchez, a su gobierno o a los periodistas y analistas de izquierdas que se han creído que hay una solución dialogada, que no sea la rendición del Estado, para resolver el conflicto independentista. No entienden que la debilidad del Gobierno es su fortaleza y que estos gestos no hacen más que fortalecer su determinación en volver a repetirlo. La firmeza en la defensa del marco constitucional no significa ausencia de diálogo, pero Sánchez tiene que entender que las cesiones serán utilizadas para un rearme independentista y seguir expulsando a España de Cataluña provocando, además, un efecto mimético en otros territorios donde hay formaciones independentistas. En paralelo, además, en el resto de España surgen partidos o agrupaciones localistas así como los planteamientos de las organizaciones autonómicas del PP y el PSOE que entienden que no hay que pensar en el bien común sino en el egoísmo particularista de un autonomismo mal entendido. ¡Pobre España!

Director de La Razón y profesor titular de Historia del Derecho y de las Instituciones (URJC)