Coronavirus
foto-autor

Los asuntos epidémicos traen mal fario para los políticos, seguramente porque resultan inquietantes para los ciudadanos y porque están envueltos siempre en incertidumbre. No me sorprende, por ello, que el doctor Sánchez y sus veintidós ministros estén casi ausentes en el manejo cotidiano de todo lo concerniente al coronavirus. Pero me parece censurable porque afrontar este tipo de situaciones forma parte de su responsabilidad. Sin embargo, actúan como si el tema no fuera con ellos, a pesar de que la enfermedad haya causado ya mucha alarma en el público, como prueba el desabastecimiento de las farmacias. No hay gobierno. Lo han dejado todo en manos de un funcionario cualificado y de los consejeros de Sanidad autonómicos, como si se quisiera decir que las cuestiones epidémicas son meramente técnicas y carecen de nivel político. Pero, cuando observamos lo que se está haciendo en otros países, comprobamos que son los gobernantes quienes toman decisiones muy serias que afectan no sólo a la vida cotidiana de muchas personas, sino también a sus derechos fundamentales. Y el caso es que aquí empieza a pasar lo mismo, que hay que arbitrar soluciones incómodas, ordenar cuarentenas, cerrar servicios, seleccionar unos pacientes y rechazar otros, buscar nuevos medios, restringir derechos y prohibir reuniones, como muestra el ejemplo de Vitoria. Sin embargo el ministro de Sanidad no salió a la palestra hasta el martes pasado; y sólo para recomendar –no para ordenar– que se jueguen varias competiciones deportivas a puerta cerrada. La ministra de Trabajo lo hizo al día siguiente entonando un sálvese quien pueda ante el mundo laboral. Esto más que gobierno es anarquía.

Dicen que ha sido para no alarmar a la población, que por eso se ha minimizado la gravedad del coronavirus asimilándolo a una gripe cualquiera. Pero resulta que entre ambas enfermedades hay diferencias muy notables que debieran haber obligado a hacer una campaña de información para que los ciudadanos tomáramos medidas preventivas. Para empezar, el coronavirus es mucho más contagioso que la gripe y tiene una letalidad que, según sean los grupos de enfermos, es entre tres y veinte veces mayor que la de ésta. Ello hace que su difusión sea muy rápida. Por eso, aunque aún sean pequeños, sus números se duplican cada pocos días. Es cierto que, como en todas las epidemias, seguirán un patrón logístico y que, por tanto, tendrán un límite. Pero a la vista de lo que sabemos de otros países, eso no ocurrirá hasta que los contagiados se cuenten por miles y los muertos decenas. Es para pensárselo –me refiero a los políticos– y para actuar con realismo y menos parsimonia. Recordaremos en el futuro esta cobardía.