Para los muy leales y fieles lectores (uno o ninguno) y que ya me conocen: sola vuelvo a mi casa desde hace tanto tiempo que, si alguna vez llegase acompañada, mi bloque entero saldría a sus ventanas a celebrarlo como se celebraban antes los bautizos y acabarían tirando pesetas. Vuelvo sola. Y borracha no vuelvo todos los días pero hay días que no me faltan ganas de regresar con una tajada como un piano, viendo lo que hay que ver. Aquellos que gustan de retorcer mucho las cosas, han llegado a la conclusión de que, en el lema de la manifestación de hoy, existe una llamada a beber alcohol, una incitación a que seamos unas beodas, unas pobres enfermas adictas. Dicen, los que siempre están dispuestos a decirnos a las mujeres qué tenemos o no que hacer o pensar, que ese eslogan es perverso porque, en realidad, deberíamos anhelar volver al pisito con una Fanta en el cuerpo y acompañadas de un caballero. Los que no quieren entender que ese «sola y borracha, quiero llegar a casa» es una llamada de atención, un aldabonazo, el tortazo que hay que dar a muchos hombres para que despierten, es que tienen ganas de ponernos trabas bajo el disfraz de papuchis. Ay, estas niñas, que locas, nunca aprenderán. Menos mal que estamos nosotros para decirles que el ideal de cualquier señorita es regresar sobria y bien acompañada. Quizá haya que explicarles que, en realidad, les llama la atención porque nunca han tenido temor por la noche, en una calle desierta. Nunca un extraño les ha mirado descaradamente, jamás han recibido una proposición sin quererla, en ninguna circunstancia les han tocado el culo o les han ofrecido una mejora de condiciones a cambio de algunos ratitos simpáticos. Toda esta polémica, que pasará mañana, no debe empañar lo verdaderamente importante: todavía les jode que hagamos ruido. Hagamos ruido, hermanas.