Menos besos y más «UME»

Julián Cabrera

Con el estado de alarma el Gobierno ha decidido poner pie en pared. Lo tozudo de los datos amenazaba con llevarse a La Moncloa por delante. Llevábamos demasiados días administraciones y ciudadanos sin acabar de asimilar la gravedad del desafío, hasta que han llegado las cifras dramáticas en aumento y el miedo, mucho miedo. Vaya por delante que soy aficionado al fútbol y forofo hasta la medula del Atleti, pero ello no me nubla tanto la mente como para no lamentar la imprudencia que supuso el desplazamiento de casi tres mil aficionados a Liverpool para presenciar el partido de nuestro «equipo del alma», porque de las consecuencias de permitir por parte del gobierno la gran marcha del «besuconeo» del que se jactaba la vicepresidenta Calvo el «8-M» ya está dicho casi todo y solo me queda desear una pronta recuperación a la ministra de Igualdad. Y en estas estamos ahora, con la tranquilidad al menos de haber caído en la cuenta de que aquello de Wuhan en China, lo de Italia, lo de Corea o lo de Irán ya está aquí con rabo, cuernos y patas con cerdas. El miedo es libre y en la situación de emergencia que vive el país esa condición se hace si cabe mucho más patente. En el transporte público entre quienes se ven aún obligados a utilizarlo, en el ámbito laboral los que no pueden ejercer el teletrabajo, en el híper o en el ascensor. Las ordalías de la edad media, aquellas en las que se pretendía separar manzanas infectadas de las sanas y en las que un mal color de cara ponía bajo sospecha a todo hijo de madre, han regresado con toda lógica a nuestros días, en una situación que ha pasado del «esto es cosa de chinos» al miedo puro y duro por lo que pueda afectar a nuestros seres más queridos.

Con este órdago a la grande sobre la mesa ya no había lugar para la política de salón y con minúsculas, ya no servían los argumentarios, ni la demoscopia, ni el cortoplacismo partidista, ni las estrategias de los gurúes, ni las cuentas del gran capitán Tezanos. Lo que ahora se planta ante Pedro Sánchez como oportunidad definitiva es un liderazgo real, único, claro, decidido y consciente de que el reto requiere de medidas excepcionales e históricas acabando con la trifulca política, propia del pánico a un inesperado efecto mariposa que puede llevarse por delante cualquier carrera política.

Ahora procede mirar a esas herramientas constitucionales que un gobierno responsable y a la altura de las circunstancias no debería dudar en contemplar. El estado de alarma es un resorte creado por la democracia para afrontar supuestos como una gravísima epidemia, pero nada será suficiente. Hay más instrumentos que un gran país nunca debería desdeñar. El ejército y la «UME» también tienen a las emergencias militares preparadas para lo que se avecina. Ergo, si hay que proceder procédase sin complejos y de paso explíquese al socio morado de gobierno, que se acabaron las tartas de cumpleaños porque igual toca ponerse en manos de patriotas uniformados…por supuesto.