El problema que constituye el populismo en los tiempos que corren es uno y muy sencillo: propugna la desconfianza hacia las élites y complica conseguir cualquier tipo de excelencia en asuntos públicos. Porque cualquiera que consiga excelencia en su trabajo destacando por encima de los demás es, al fin y al cabo, en cierto modo élite. Ahora bien, si toda la historia del pop de los últimos setenta años no ha sido otra cosa que la admiración espontánea de la gente por aquellos que destacan ¿cómo se explica entonces que de golpe el público haya empezado a desconfiar de aquellos que acceden a la élite? La respuesta puede darse en dos palabras: endogamia y nepotismo.

En los últimos treinta años, las gentes han asistido impotentes a ver como las universidades y la función pública se llenaban de enchufados. Han visto como, usando el sencillo método de la información privilegiada, las presidencias intentaban traspasarse de padres a hijos (Bush), o de maridos a esposas (Clinton). Con la facilidad de acceso en las redes a un mayor número de datos biográficos, gran parte del público ha descubierto que un alto porcentaje de aquellos que copan los puestos más golosos son «hijos de…» o «parejas de…». La gente no es estúpida y no se la puede humillar de esa manera. Eva Perón se dio cuenta de ese combustible de rencor y fue la primera en aprovecharlo hablando, en sus discursos de los años treinta, de «la casta». Cien años después, ahí sigue el peronismo, gestionando infatigable ese rencor ofendido de cualquier víctima.

Los partidos españoles fundados en el nuevo siglo afirmaban que querían romper con eso. Pero más bien, «eso» les ha roto a ellos. El público ya no está seguro de si Irene Montero está ahí por su relación con Iglesias. Tampoco está seguro de si Campo o Lassalle tienen alguna información privilegiada por sus relaciones con Batet, al igual que pasa con Teresa Ribera y su pareja en la Comisión Nacional de Competencia. Esa comprensible desconfianza paranoica termina provocando que una pareja que solo desea progresar tenga que someter la compra de su hogar al veredicto de una militancia. El populismo solo genera más populismo e imposibilita cualquier tipo de excelencia.