Opinión

Deducción y astucia

Sabino Méndez

Nunca discutan con un bobo, la gente podría no advertir la diferencia. Cuando se topen con un terraplanista que intente convencerles de que la tierra no tiene forma de albóndiga, no gasten energías intentando sacarlo de su error. Lo que hay que hacer en esos casos es asentir, decir que perfectamente, llevarse los índices a las sienes, cerrar los ojos, y contestarle a su vez que uno es capaz de leer en las mentes ajenas. Si el terraplanista duda de estas capacidades, hay que decirle entonces (sin separar los índices de las sienes y fingiendo un esfuerzo de concentración): «veo que a ti en el colegio no se te daban muy bien los logaritmos, ¿a que he acertado, verdad?». Dado que el terraplanista desconoce los goces de la deducción lógica le resultará imposible aceptar que hayas llegado a esa conclusión por ese viejo camino y se verá obligado a creer ciegamente en tus capacidades mágicas, lo cual puede abrirte un amplio camino hacia su cartera. Vale, puede que no esté muy bien desde el punto de vista ético, pero es que soy de barrio y, en esos sitios, lo primero que se aprende es que no hay que tragarse nada si no te dan pan para acompañarlo.

Eratóstenes, tercer director de la biblioteca de Alejandría en el siglo IIº antes de Cristo, plantó cuatro palos en el suelo y midió el tamaño de sus sombras cuando les daba el sol desde su ángulo más bajo. Repitió el experimento innumerables veces y observó que ahí había siempre una curva aritmética que merecía explicación. Dedujo de ello que la tierra era esférica. Se necesitaron siglos de avances técnicos para que pudiéramos fabricar los instrumentos de observación necesarios de cara a confirmar de una manera incontestable su propuesta. Pero, con cuatro palos y a falta de que llegara el telescopio «Hubble», Eratóstenes ya fue sacando unas cuantas conclusiones muy útiles. Esas conclusiones nos permitieron deducir, cuando Elcano se fue por un lado del mundo y apareció por el otro, que no se trataba de un fenómeno de ubicuidad, ni de que Juan Sebastián se hubiera largado a la isla de las sirenas durante tres años para librarse de su señora. No discutamos. Estudiemos. El resto, con un poco de astucia, vendrá por añadidura.