Por mi mano plantado, tengo un huerto

Abel Hernández

Nadie sabe a ciencia cierta cuáles van a ser las consecuencias en la forma de vida y en el comportamiento humano, de la presente pandemia y de sus temidos efectos sobre la economía. Ha llegado con un carro de muertos y ahora viene con un carro de parados. Lo peor, según dicen, es que viene para quedarse. Aún es pronto para hacer balance de este golpe inesperado, no disponemos de una perspectiva clara. Tampoco es seguro que esta excepcional experiencia transforme radicalmente el sistema en que vivimos y nos haga mejores. Todos los sabios del mundo se ocupan estos días de ello sin conclusiones claras. Sólo coinciden, la mayoría de ellos, en que algún impacto va a tener, pero nadie adivina cuál. Sabemos, si acaso, que este despiadado ataque no distingue de nacionalidades ni rangos sociales y nos hace a todos más vulnerables e indefensos. Lo demás no pasa de ser una manifestación, más o menos brillante, de especulación intelectual. ¿Más solidarios o más solitarios? ¡Quién sabe!

Con esa salvedad, uno se atreve a especular sobre la relación campo-ciudad a partir de ahora. Tengo la impresión de que esta singular crisis sanitaria, que nos tiene aún recluidos en casa, con salidas regladas, en el más riguroso ejercicio de pérdida de libertad de nuestra vida, ha servido, entre otras cosas, para maldecir las aglomeraciones urbanas, huir de la cercanía del vecino y soñar con una vida retirada, como la que recomienda en su musical oda de oro el gran Fray Luis de León con aquellos evocadores versos: «Del monte en la ladera / por mi mano plantado tengo un huerto». Una vida apartada, libre, lejos de los coronavirus y del mundanal ruido. Pero hay más. Si se cumplen los negros augurios, habrá innumerables familias que no podrán salvar de la ruina su pequeño negocio y un enjambre aturdido de jóvenes sin trabajo, con su móvil y su ordenador como únicas posesiones. Unos y otros pueden, acaso, empezar a pensar en volverse al pueblo y, por lo pronto, cultivar el antiguo huerto familiar, ahora lleco, invadido de zarzas y cubierto de maleza.

La tierra siempre nos espera. Nunca falla. Gracias al campo ha sobrevivido la ciudad en esta crisis. La cadena alimentaria ha funcionado. Es verdad que el arado romano está arrumbado en el portal de la casa abandonada, cubierto de orín e invadido por los ácaros; pero sobrevive la humilde azada, que se ha convertido, en las periferias urbanas, con sus pequeños huertos familiares, en símbolo de modernidad y añoranza de aldea.