Caos, multipartidismo, zarandajas

Joaquin Marco

No hemos salido aún de la pandemia y sus riesgos, pero la pseudopolítica nos retrotrae, como cangrejos, hasta la formación de Gobierno. El Sr. Casado hace unos días calificó al actual presidente de «caos», no sé si con mayúscula. Los Parlamentos y sus pregoneros en los medios nunca han dejado de mostrar aristas. Este país, desde Larra, por no mencionar España, trata de conjurar el indeseable enfrentamiento ideológico. Tal vez el PP tenga mejores soluciones para solventar un tema tan trascendental como el de la pandemia frente a la que parte de los ciudadanos se manifiesta agobiada, sin acabar de entender el contenido de cambiantes fases como la luna y compleja composición. Faltan por llegar las económicas, que arrastraremos en los próximos meses con áureo despertar. Pero la oposición tampoco muestra nuevas cartas y buena parte de países vecinos sigue una ruta semejante a la que se eligió incluso con forzado consenso. Seguiremos anclados en este bendito Sur de la Europa que define y manipula el Norte. Pero, olvidémonos, ya sería hora, del caos o de lo caótico. Su mítico origen helénico nos arrastra hasta Babilonia, aunque sigue significando confusión y desorden. No creo que nuestra determinación tan matemática y cartesiana de la pandemia, clasificada hasta con decimales, fruto de aquellos asesores áulicos y oscuros, haya podido multiplicar ciertos errores que se han producido y que determinaron nuestras vidas entre misterios. Las imágenes de un Presidente, que supera en presencia televisiva a cualquier otro, tampoco sirvió de eficaz ayuda, pero todo ello no puede equivaler al caos. Un orden casi sacramental nos ha llevado al descenso de contagiados, fallecidos y ha demostrado, al tiempo, que el pluripartidismo y hasta la división autonómica tienen todavía mucho por mejorar.

Creemos –gracias a tópicos reiterados– que el mundo va a transformarse, aunque tal vez no tanto, en el futuro y si llegamos a la felicidad –objetivo de cualquier humano y hasta de sus representaciones políticas– aparecerá por otros derroteros y no precisamente gracias a la batalla de las mascarillas, que tanta audiencia ha logrado, aunque se confabulen duraderas. Frente al peligro, conviene reaccionar en todas direcciones y hasta, por si acaso, de forma contradictoria. Pero, aun sin entender como positivas algunas decisiones, el camino zigzagueante que se mantiene ha logrado buenos resultados. El sufrimiento estoico no ha sido del todo inútil, pero los hispánicos, al tiempo que los italianos, se han lanzado a las playas haciendo bueno el lema de una España de sol, playa, siesta y pandereta. Creíamos que, integrados en Europa, se habrían modificado los tópicos, pero la imagen de aquella España de la ópera Carmen sobrevive.

Mirando de reojo a nuestros vecinos italianos, advertimos que, junto a las autonomías, difíciles de digerir, hemos inventado nuestro peculiar multipartidismo. Sabíamos que cada español era su rey y que otros elegían proclamar diferencias con una España que revuelve y, a la vez, disuelve identidades. El multipartidismo que azota –y no sólo amenaza– nace como fruto de diferencias dispersas a lo largo de una geografía, que los romanos denominaron Hispania y la frustrada Ilustración nunca consiguió ordenar. La sobreabundancia de partidos no resulta fácil de gobernar en una democracia escrupulosa que se mantiene en el guerracivilismo hasta en sus órganos más representativos, las dos Españas o un odio social que nos divide y al que todavía calificamos como derecha e izquierda. Carecemos, incluso en el seno mismo de los partidos, de estabilidad para un eficaz gobierno. Nuestras raíces anarquizantes yacen como sustrato de la identidad, se mantenga o no la siesta y enviemos nuestros mejores cerebros jóvenes a otros países que los aprovechan mejor.

El posible caos, no es unipersonal, aunque permanezcamos anclados y sólidos en apariencia. El país, gracias al esfuerzo de tantos, ya no es lo que dicen. Y convendría una campaña antitópica ahora, cuando nos adentraremos entre zarzales difíciles de sortear. Nuestra esperanza era otra Europa, aunque más o menos seguirá siendo la misma. Las excusas económicas son, pese al volumen, las zarandajas. Poco hemos hecho para desterrar la imagen y hasta la invención del caos. Hay voces en los desiertos que claman por cierta imagen de unidad, menos desasosiego y mayor templanza en los modos políticos, porque la ciudadanía acaba infectándose y los ecos siguen olvidando dónde nos encontramos. Nunca nos mostramos muy cartesianos y nos oprimen las órdenes que imaginamos que limitan aquellas libertades que olvidamos en tiempos más duros, cuyos efluvios pretenden regresar. No deja de ser un reflejo paradójico, íntimo y hasta popular en sectores que se manifiestan contra el Gobierno en libertad, clamando por una libertad que están ejerciendo. Forma parte de algunas zarandajas, de la mediocridad ambiental y de la escasez de valores políticos e intelectuales sólidos que perdimos en una historia que se empecinó en terminar mal. Zozobra observar a estudiantes de ciclos diversos tan felices al ahorrarse clases presenciales y hasta algún examen. Hay una grave pata quebrada ante el próximo curso y no es una zarandaja ni estamos solos. Otros países también tantean el caos.