Antisistemas con coche oficial
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Que la vida política española –a pesar de la que nos cae por los cuatro costados– registra alarmantemente el momento de mayor crispación en décadas y con preocupantes síntomas de trasladar la lata de gasolina y la cerilla a la calle resulta más que evidente a estas alturas, máxime cuando por primera vez desde que se reinstauró nuestra democracia existen actores cuya razón de ser depende casi exclusivamente de la permanente confrontación. Siempre hay alguien que recoge sus particulares nueces con registros guerra civilistas, bien desde una condición de elemento distorsionador incrustado en la oposición con vocación de gobierno o bien –y esto tal vez sea lo más grave– desde el burladero que brindan los resortes de pertenecer al propio ejecutivo.

El vicepresidente Pablo Iglesias parece haber optado definitivamente por alejarse de unas tareas de gestión para las que se ha mostrado especialmente negado e incapaz por no decir desganado y ahora se nos muestra con toda la crudeza de la verdad desnuda como un pirómano político nostálgico de los modos y maneras del «matoneo» de facultad donde siempre supo moverse con la facilidad de un perro trufero buscando el preciado hongo, pero sobre todo sabedor de que tras cinco meses en el gobierno pisando todos los charcos y mojando impunemente en todas las salsas, lo que más le conviene según la particular escala de valores del «podemismo» bolivariano es recuperar su perfil mas populista, chulesco y antisistema. Iglesias necesita como el respirar una autentica huida hacia adelante y lo cierto es que, visto lo visto hasta ahora, su socio de gobierno e inquilino de La Moncloa no ha movido un solo dedo para evitar que marque la agenda del gobierno invistiéndole como intocable y con autentica patente de corso para socavar los cimientos democráticos del país arremetiendo contra otros poderes como el judicial cuando los tribunales no actúan acorde a su conveniencia. O convirtiendo al legislativo en una taberna de arrabal donde no dudó lo más mínimo en reventar una comisión de reconstrucción nacional por el Covid-19 cuyas posibles alternativas de consenso no casan con la filosofía de una hoja de ruta mucho más concreta y no por ello menos siniestra marcada por el líder de podemos, sencillamente para que la democracia que nos dimos los españoles a raíz de la transición acabe derivando directamente en otra cosa. El vicepresidente segundo jamás dudo un ápice en arremeter contra la Carta Magna como salvaguarda de la vertebración solidaria de España, como tampoco se ha detenido en momento alguno si se trata de embestir con la mayor de las inquinas contra los consensos de esa transición, contra la monarquía como clave de bóveda del régimen democrático o contra cualquier otra institución que pudiera cuestionar el plan A y único de Iglesias y su guardia pretoriana que no es otro más que la reinstauración del guerra civilismo a través de la generación de odio–cuanto más mejor– en las calles. Lo vemos, oímos y leemos cada día. Un agitador con escolta y coche oficial.