El profuso amor a la bicicleta en Turkmenistán

Al mandatario le escolta un séquito de miles de ciclistas con la bandera de Turkmenistán en el manillar

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Turkmenistán ha sido uno de los países que muchos han puesto en el mapa durante esta pandemia. Junto a Corea del Norte, es de los pocos que reconocen que no ha tenido ni un solo caso de covid-19. La represión y el aislacionismo de este país de Asia Central ha beneficiado a su débil sistema sanitario. O al menos, nadie ha podido informar con solvencia a la Universidad Johns Hopkins o a la OMS de ninguna «neumonía atípica». En los intentos por ser «covid-free», incluso, se llegó a prohibir la palabra coronavirus, como si al pronunciarlo se invocara al espíritu del SARS-Cov-2. También se advirtió que aquellos que usasen mascarillas serían multados. En un giro hegemónico de los acontecimientos, los ludópatas de las apuestas por internet y los futboleros encontraron en Turkmenistán su refugio substitutivo a falta de ligas internacionales suspendidas por la pandemia. Libre de coronavirus, sin mascarillas y con Liga en la que apostar, Turkmenistán saca pecho.

El presidente Gurbanguly Berdymukhamedov es ese tipo de mandatario que inspira películas como «El Dictador» de Sacha Baron Cohen. Los ecos de sus múltiples excentricidades eclipsan las faltas de derechos humanos de los turcomanos. Y este 3 de junio ha vuelto a sorprender al mundo con su imponente oda a la bicicleta.

Berdymukhamedov inauguró el miércoles su extravagante monumento a la bici. Vestido de chándal blanco y verde, con el emblema de un caballo (otro de sus símbolos) en la parte superior, el presidente caminó hacia el nuevo mausoleo junto a una bicicleta a juego para alabar «este transporte ecológico que tantos beneficios tiene para la salud humana». Para la ilustre ocasión, se cortaron todas las calles de la capital, Asjabad.

Al mandatario le escolta un séquito de miles de ciclistas con la bandera de Turkmenistán en el manillar. Todos los pelotones pedalean la misma bicicleta verde, marca Salcano, lo que otorga mayor majestuosidad a la ceremonia ciclista. Cada enorme batallón (todos masculinos) viste un uniforme chandalero diferente, cambiando la gama cromática en cada uno de ellos. Durante la parte pedaleada del desfile, todos giran en homenaje alrededor del panteón de la bicicleta.

La banda sonora tampoco tiene desperdicio, y es que una orquesta interpreta el «velosport», el himno turcomano oficial de la bicicleta. Los músicos y cantantes lucen chándales brillantes, mientras interpretan una suerte de cántico a la alegría sobre ruedas. Cuando Berdymukhamedov se acerca al monumento, sus destellos dorados pasan a iluminar su rostro. Ante él, una bola del mundo azul de 30 metros de alto con un único país, Turkmenistán. El mausoleo cobra vida: un pelotón de ciclistas dorados giran cual satélites alrededor del mapa del país.

La inauguración de este cuidadosamente orquestado homenaje coincidió a propósito con el Día Mundial de la Bicicleta. Para los que dudan de por qué existe esta efeméride global, sepan que Naciones Unidas lo instauró en 2018 –a petición de Turkmenistán–.