El final de la epidemia

Mikel Buesa

Que los números no engañan, incluso cuando se arma con ellos un lío monumental, como ha hecho Simón en las últimas semanas, es incontrovertible. Y esos números señalan ya la puerta de salida de la epidemia en la que hemos estado inmersos durante los últimos meses. El coronavirus se irá –no sabemos bien a dónde para encontrar un reservorio en el que sobrevivir– como vino, disimuladamente y sin estridencias. En esta semana parecen haberse reducido las muertes, según la contabilidad creativa de Sanidad, aunque cuando escribo he conocido la de un amigo, y los nuevos contagios se han ido rebajando hasta niveles que no recordábamos desde aquellos días de marzo en los que se desencadenó la tragedia y cundió el miedo. Sí, los días que ahora el gobierno no quiere recordar porque, en ellos, arrastrado por la pasión feminista, perdió un tiempo que hubiera sido precioso para actuar y, seguramente, para evitar la enorme dimensión que ha tenido la epidemia en España. Eso es al menos lo que nos dicen los estudios contrafactuales de quienes han aportado su inteligencia para que lleguemos a comprender esta crisis en toda su extensión. Claro que esos voceros de cortas entendederas que se dedican a la propaganda partidaria, cuando se dicen estas cosas, sacan lo del «capitán a posteriori» como si estuvieran señalando algo inteligible, sin darse cuenta de que, en política, son los resultados –y no la presunta ignorancia de quienes la practican– los que nos permiten evaluarla. Ha habido muchos muertos, demasiados, como para que incurramos en la frivolidad de no preguntarnos si al menos uno de ellos, sólo uno, pudiera estar ahora acompañándonos porque las cosas se hubieran hecho de otra manera.

Porque ha habido muchos muertos y mucho sufrimiento, los que estamos vivos debiéramos afrontar esta etapa con la prudencia suficiente como para no provocar nuevos brotes epidémicos. Es verdad que, con tanta fase, numerada o no, el gobierno ha generado bastante confusión. Y también que los españoles –que nos hemos tomado el confinamiento, en general, con la resignación y el ánimo necesarios– estamos algo cansados de la espera. Se explican así algunas reacciones masivas y descuidadas en los paseos, el deporte y las primeras copas, aunque parece que las aguas se van remansando para casi todos. Quedan, eso sí, los insensatos como ese princesito belga, pijo por más señas, que vino el otro día desde Bruselas a pelar la pava en Córdoba y a contagiar a cuantos encontró a su paso. A ese habría que encerrarlo cuarenta días de verdad por tonto. Claro que los tontos abundan, en su clase y en otras más modestas.