Lo que se fue en el cine

La ficción se ha vuelto un campo de minas y dentro de poco no habrá quien se atreva a defenderla

Metro goldwyn meyerLa Razón

Resulta que «Lo que el viento se llevó» es una película racista y casi nadie se había dado cuenta. Han tenido que alzar la voz los que sean para sacar de su engaño al público de la película, que venía viéndose desde los años treinta sin que las almas biempensantes repararan en el asunto. Siempre se había pensado que un filme o una novela eran racistas cuando hacían apología de la segregación racial o defendían esa obsolescencia que es el concepto de raza, pero vivíamos equivocados, como la paloma aquella de Alberti, y va a ser que tampoco es necesario. Todos veíamos esa épica del celuloide como engatusados por su relato de amores cruzados, pero, según algunos, lo que se nos metía de manera subliminal era la acrobacia de un mensaje. Ahora cada cual vive en un «impasse» y ya nadie sabe a ciencia cierta si es un adorador de becerros de oro y otras apostasías. Se tenía en el altar del cine clásico una serie de pelis que se consideraban mitología y que ahora se nos revelan como crisoles de herejes y ya no se conoce bien qué hacer, porque agazapado entre las líneas del guión siempre puede esconderse alguna infamia.

Con las nuevas premisas nadie está libre de sospecha y, si uno empeña suficiente, hasta William Shakespeare podría ser tildado de racista por su Otelo, que el bardo lo retrató como un moro celoso, asesino de esposas y un jayán incapaz de discernir entre la verdad y la mentira. Y, por extensión, también se podría elevar la acusación a Orson Welles, que decidió pintarse la cara para adaptar la tragedia a la gran pantalla en vez de contratar a otro actor para el papel. A estas alturas ya muchos se preguntan qué será del cine histórico (el que pertenece a otro tiempo y también el que está ambientado en otra época) y si llegaremos a rodar el desembarco de Normandía sin ametralladoras, «La lista de Schindler» sin campos de concentración, un «Espartaco» sin esclavos y una de faraones sin pirámides para evitar irritar a espíritus emocionales.

La ficción se ha vuelto un campo de minas y dentro de poco no habrá quien se atreva a defenderla ni tampoco quien se quiera dedicar a ella por miedo a encontrarse enredado en las alambradas de lo políticamente correcto. El terreno del entretenimiento, que se antojaba una llanura fértil en libertades, ha sido acotado y dentro de poco lo único que se va a poder rodar, o escribir, son autobiografías, que es el único lugar donde no se ofende a nadie, y ni eso.

Hasta HBO Max ha retirado «Lo que el viento se llevó» para no ofender a unos pocos sin preocuparle qué pasa con la mayoría, que se ha ido a verla a otro lado, por supuesto, o que sea la primera cinta sobre el empoderamiento de una mujer. Si las pinacotecas fueran iguales a la plataforma digital, ahora no veríamos un cuadro en los museos, pero se ve que aquí tienen ciertos criterios y principios más claros que ellos. Philip Roth ya advertía de todo esto en «La mancha humana» cuando un alumno negro acusaba de racismo a un profesor negro. Profético.