“¿Santo Tomás Moro o el dios Zabulo?”

La política estos días parece cosa de tahúres que se miran de refilón esperando la oportunidad para ganar con malas artes al adversario.

Santo Tomás Moro es una de las figuras históricas que más admiro. Por eso tengo en mi despacho un póster del magnífico retrato que pintó Hans Holbein el Joven. El papa san Juan Pablo II le proclamó patrón de los políticos y los gobernantes el 31 de octubre de 2000 porque Moro, espero que los revisionistas no se ofendan por este apellido, fue una figura extraordinaria en todos los sentidos. Es difícil encontrar un estadista tan completo que renunciara, además, a la gloria y el poder para defender sus principios hasta alcanzar el martirio. En estos tiempos que vivimos, tan evanescentes y faltos de valores en la política que es sólo un reflejo de nuestra sociedad, es muy conveniente recordar a una figura tan singular. Mientras reflexionaba sobre la política española mirando el cuadro he recordado que sería mejor abandonar a Santo Tomás y buscar un personaje que encajara mejor con la realidad. Hay bastantes pícaros y oportunistas que se dedican a la política, aunque coincidan con personas de calidad que quizás se sientan más vinculadas al estadista inglés que era un hombre de sólidos principios.

Le he dado vueltas y finalmente he encontrado un dios pagano que encaja mejor con los tiempos. San Cipriano de Cartago recogió la figura de Zabulo que era una divinidad protectora de los tahúres. El obispo de origen bereber señala que inventó los dados. Sus adeptos le levantaron una estatua que tenía un tablero en el pecho y a la que hacían sacrificios antes de empezar el juego. Esto encaja mejor con la realidad actual donde los acuerdos son generalmente imposibles y las promesas se las lleva el viento (y no, no es ninguna analogía que la película «Lo que el viento se llevó» no sea que los progres revisionistas se pongan nerviosos). La política estos días parece cosa de tahúres que se miran de refilón esperando la oportunidad para ganar con malas artes al adversario. Las comisiones parlamentarias se crean con vocación propagandística y escaso deseo de éxito. Todos están pendientes de las encuestas para obtener réditos electorales. El victimismo, las descalificaciones groseras y el oportunismo se abren paso en la selva de la política. Es el triunfo del pícaro Zabulo frente a la dignidad de Santo Tomás Moro. Y lo es también, por supuesto, el de las trincheras que dividen entre buenos y malos en función del color que se elija.