Adiós a la calderilla

Estamos adentrándonos en una época donde el furgón blindado no se asalta en la autopista, sino en internet, una realidad donde la muerte solo es otra pantalla

FILE PHOTO: A customer pays with a credit card at a store in Paris
Philippe WojazerReuters

Esta pandemia nos ha dejado sin calderilla en los bolsillos. Se ha impuesto una profilaxis que ha plastificado el dinero y amenaza con extinguir el oficio de la mendicidad de nuestras calles. Los indigentes llevan camino de convertirse en un mobiliario caduco, como esos pedestales sin estatua que desde hace unas semanas embellecen las ciudades. Los hombres de hoy caminan por las aceras sin esa perra chica que jamás los iba a hacer ricos, pero que a partir de ahora hará más pobre al atracador de la esquina. Más de un pecador había encontrado la redención de su alma por la espontánea caridad de entregar unos cuantos centavos al músico ambulante del metro, pero esta ausencia de monedas va a convertir la limosna en un gesto caduco, algo así como quitarse el sombrero ante una mujer en una época donde ya nadie lleva sombrero.

En China han logrado que el aval bancario sea tu propia cara y en la caja de los supermercados ya no se paga con el billete que se ha sacado de debajo de la almohada, sino con un reconocimiento facial. Los ojos ya no son únicamente el espejo del alma, también un reflejo de los números en rojo de la cuenta bancaria. Asia avanza hacia un mundo donde el salario formará parte de nuestras huellas dactilares.

En Europa, de momento, nos conformamos con reducir el monedero a una obsolescencia, como una vieja gramática en desuso. Dentro de poco se dejarán en la herencia, junto al quinqué y la cajita laqueada de la abuela. Aquí nadie ha recapacitado lo suficiente sobre este asunto trascendental, sobre todo para los países como el nuestro, que hemos profesionalizado la pobreza y hemos convertido la miseria en un género literario. Pero la desaparición de la calderilla nos está precipitando a un tiempo donde los camareros no recibirán propina, nadie colaborará con el Domund, habrá que llevar al doctor las huchas de ahorro por padecer anemia y ningún creyente dejará el óbolo en el cepillo de misa, no por falta de caridad, sino por ausencia de suelto, lo que más que dramático es desconsolador. Los padres se verán abocados a comprar las chucherías para sus hijos con la misma tarjeta que han utilizado para dar la entrada del piso.

Dentro de nada, la caridad menuda que se dispensaba durante el paseo nos evocará la tenue nostalgia que nos despiertan las películas en blanco y negro, y este donativo de uso corriente será declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, que es lo que se hace con todo aquello que está encaminado a perderse. Con suerte se harán representaciones teatrales para recordarnos cómo era el ademán de dejar unas monedillas al desvalido de la plaza y un actor representará con beatitud el visaje de agradecimiento. Los futbolines y los billares se liquidarán porque nadie tendrá un duro para jugar con ellos y se convertirán en objetos de coleccionistas, como los sellos o los dientes de las morsas. Estamos adentrándonos en una época donde el furgón blindado no se asalta en la autopista, sino en internet, una realidad donde la muerte solo es otra pantalla.