Iglesias contra la Corona

Iglesias quiere un proceso constituyente que nos lleve a una república

La Razón

Pablo Iglesias ha elegido un pintoresco silogismo en su campaña contra la Corona. La primera premisa que utiliza es condenar a don Juan Carlos, aunque es contradictorio porque afirma que son unos presuntos delitos cometidos en su condición de rey durante 40 años. Por tanto, la presunción de inocencia que le enseñaron cuando estudiaba Derecho se ha transformado en una presunción de culpabilidad. La segunda es la constatación del carácter hereditario de la monarquía. Por tanto, la conclusión, digna de un gran filósofo, es que no se puede disociar a Felipe VI de su padre. El silogismo pablista conduce a la culpabilidad del hijo. Don Juan Carlos se ve sometido a una cacería inmisericorde donde su persona y trayectoria son paseadas por el fango con una crueldad y falta de respeto impresionante. La izquierda y los medios de comunicación de todo signo han asumido su culpabilidad sin preguntarse qué intereses mueven a Corina Larsen y al fiscal suizo. Es un proceso digno de Kafka. Los mismos que le hacían la pelota y buscaban ansiosos una foto, una audiencia o su presencia en un acto público son los que ahora le despellejan con más fervor. Lo encuentro repugnante.

Iglesias ha convertido el espectáculo mediático en una oportunidad para la spanish revolution, así como en una excelente cortina de humo para despistar al venerable público de otros problemas. La responsabilidad hereditaria es un concepto más propio, por citar algunos ejemplos, del Antiguo Régimen o el sistema de castas. El modelo de silogismos pablistas nos conducirían al siguiente absurdo. Los regímenes comunistas y sus dirigentes impusieron dictaduras. En todas ellas se cometieron los crímenes más atroces. Por tanto, todos los comunistas son criminales y antidemócratas. El rigor de ambos silogismos es inconsistente. Felipe VI es un jefe de Estado ejemplar en todos los terrenos y su padre ha sido uno de los grandes reyes de nuestra Historia. No voy a entrar en su vida personal, como no lo haría en la de Pablo o cualquier otro político. No sé si resistirían una cacería tan brutal como la que está sufriendo don Juan Carlos. Lo razonable sería respetar la presunción de inocencia, esperar la evolución de la cuestión en el ámbito judicial, reflexionar sobre los intereses que mueven a los protagonistas que atacan a un hombre que ni puede ni debe defenderse y no aprovechar la oportunidad para derrocar a Felipe VI. Iglesias quiere un proceso constituyente que nos lleve a una república.