¿Homenaje a quién, dices?

El rey Felipe VI junto a su hija Leonor,Princesa de Asturias, realiza la ofrenda floral en el pebetero durante el homenaje de Estado a las víctimas de la pandemia de coronavirus.
El rey Felipe VI junto a su hija Leonor,Princesa de Asturias, realiza la ofrenda floral en el pebetero durante el homenaje de Estado a las víctimas de la pandemia de coronavirus.MariscalEFE

Llamadme tiquismiquis, pero a mí un homenaje a las víctimas del covid cuando todavía no hemos salido de esta, con Barcelona recomendando permanecer en casa, varias comunidades autónomas con rebrotes y uso obligatorio de mascarillas incluso al aire libre, me parece lo mismo que celebrar que hemos ganado Eurovisión el mismo día que anuncian quién nos representará -ojalá Rozalén-. O como subirse a Cibeles, borracho y con la bandera del Real Madrid, en febrero. 

¿De verdad el fin último de ese acto era “homenajear a las víctimas”? Porque a mí me pareció de todo excepto un homenaje sentido hacia ellas. Me pareció más evidente el afán por resultar alejado de cualquier tradición católica -soy una ceremonia civil, no solo tengo que ser laica, sino que debo parecerlo mucho- que se olvidaron de lo que trataba en realidad el acto: de honrar a los fallecidos. Y de tanto esmerarse en que quedase clara la postura de un ejecutivo que confunde su especial sentir ante cualquier asunto con el sentir general de toda la ciudadanía -los que no les votan incluídos- aquello se asemejaba más a un círculo asambleario de las acampadas del 15M en Sol, o de aquellas otras en la plaça Universitat, que a un solemne acto de duelo. 

¿Era necesario que la primera ceremonia civil de Estado fuera precisamente la de homenaje a las víctimas de la pandemia? No está de más recordar que la mayoría de ellas eran personas de edad avanzada, razón por la cual es más que probable que la gran mayoría fueran católicos y que, de poder elegirlo, hubiesen preferido un funeral. Atea como soy -que no agnóstica-, y dejando de lado mis particulares creencias y preferencias -civiles y laicas, por supuesto-, creo que en este caso y por esa razón hubiese sido mucho más adecuado un funeral católico. Por respeto hacia ellos.

Pasemos por alto también las sillas de plástico, el atuendo de algunas de las invitadas, las mascarillas -qué curioso que para homenajear a miles de fallecidos esté bien visto llevar una con tiburones y mal visto una con una pequeña bandera de España-, las rajas de la falda… Pasemos por alto que el presidente, el nuestro de todos, se saltase de nuevo el protocolo. No nos detengamos en el pebetero -por un momento llegué a pensar que me había perdido el momento en que le prende fuego desde lejos un arquero minusválido-, ni en la ofrenda floral por parejas que hacía presagiar un “visca la xeperudeta”. Tampoco en que la ceremonia en sí se pareciese más a los títulos de crédito de Master Chef presentado por Ana Blanco, de tal manera que se te olvidaba por un momento que el número de víctimas a las que pretendía honrar se eleva a las cinco cifras. Si en ese instante llega a aparecer un niño random y suelta una paloma mientras actúan detrás Cantores de Híspalis y desfila una representación de comunidades autónomas vestidas con traje regional, a mí no me habría sorprendido. Ese era el nivel de solemnidad, afectación y duelo conseguido por los artífices del despropósito. Pero vayamos a los discursos. 

Tres personas fueron las encargadas de tomar la palabra: El rey, Hernando Calleja -hermano del periodista Jose María Calleja- y Aroa López -enfermera del hospital Vall d’Hebrón. 

El discurso del rey, plagado de lugares comunes, no consiguió emocionar. No fue su mejor discurso y cualquiera diría que lo redactó el  suplente del becario de Ivan Redondo. Creo que incluso él era consciente. 

Pero vamos al de la enfermera del Vall d’Hebrón, que es el que me interesa. Unanimidad en los medios, por lo que veo, en cuanto al “emotivo y conmovedor” discurso de Aroa López. ¿En serio, compañeros? 

En un homenaje a las víctimas esta señora se dedica a declamar torpemente, con pausas mal situadas, sin un ápice de emoción ni en su rostro ni en su tono. Más preocupada por la caída del bucle de su pelo y el gesto afectado, como de enfadada con razón. Como si en lugar de estar leyendo unas palabras de homenaje a miles de fallecidos estuviera encaramada al mostrador de urgencias del hospital alentando a huelguistas, megáfono en mano. 

Durante todo el tiempo habló desde el yo, elogiando los actos de los sanitarios, usurpando el drama a las víctimas para poner el foco en ellos. Como si el sufrimiento no les correspondiese a los muertos y sus familias, que cargan con el dolor de la pérdida sobre sus hombros. Como si les correspondiese a ellos, a los sanitarios únicamente, y fuera ese el momento y el lugar de reclamarlo. Desnortada es poco. 

No era el momento ni el lugar de reclamaciones ni reivindicaciones. No era el lugar para pretender elevar a nadie como héroe. No era, ni muchísimo menos, el de tratar de retirar el foco de aquellos que eran los protagonistas, a los que ya han ocultado suficiente, para atraerlo sobre uno mismo en representación de toda una profesión. Que sí, que merece todos los respetos y reconocimientos, la tiene y nadie se lo niega, Pero lo que han hecho es su trabajo. En este caso han sido ellos los que arriesgaban sus vidas. En una guerra, el ejército. En un desastre natural, los bomberos. Gracias a todos, de verdad. Pero no era ese el momento. ¿Qué más quieres, Aroa? ¿Te parecen pocos reconocimientos a la profesión los recibidos hasta ahora? ¿Pocos aplausos te parecen los dedicados día tras día a las ocho? ¿Quieres que cambiemos el nombre al aeropuerto y se llame a partir de ahora Aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez y Sanitarios de España? ¿O te molesta la palabra “España”?

Menos mal que toda la dignidad, la emoción y el calor -tan necesarios y tan ausentes-  los puso Hernando Calleja, hermano del periodista y escritor Jose María Calleja -fallecido por covid en abril- en su discurso. Sentido, emocionante, humilde. Este sí, conmovedor. 

Y sus propias palabras son la réplica perfecta a las de la enfermera desubicada: “Hoy no estamos aquí para honrar las glorias de nadie, sino para honrar la memoria desnuda de quienes se fueron brutalmente en estos meses de pandemia”. 

No hubiese estado mal pasárselo en un postit a López al entrar, bajo el epígrafe “Homenaje a los fallecidos”, con el “fallecidos” subrayado en amarillo fosforito. Dos veces. O, mejor aún y para que lo entendiese, con música de Vetusta Morla y cantado por Ismael Serrano. A ver si así sí.