Los días sin fiesta

JMGARCIAEFE

Este verano tenemos una España desertizada de fiestas; una España sin el botín veraniego que ofrece la verbena, la pachanga y el bailoteo. Esta epidemia nos ha dejado una atmósfera como de taciturnidad y orfandad en los pueblos. Aquí siempre hemos hecho folclore y hasta identidad cultural con esto del parrandeo, la farra y las peregrinaciones por las tascas y las casetas, como se ha subrayado en alguna ocasión, porque uno de vez en cuando tiene que repetirse para afianzarse en sus ideas y convencerse a sí mismo con el soliloquio de sus palabras. Lo social en esta piel de toro no es un club de tenis o un paseo por ese apogeo del césped que representa el golf, un deporte donde lo más cercano al sudor es el agua de la ducha. Lo que se estila es abrirse al calor de los bares, calentar la cháchara en las barras con los amigotes o el parroquiano que ofrece el momento. Y no esta soledad de plazas sin banderines, orquestas y luces, donde, gracias a la mascarilla, hasta el honrado farmacéutico parece un bandolero.

Frente al ánima conventual y calvinista del norte, esas naciones que tienen el mismo concepto de la caridad que de un préstamo hipotecario, lo que tenemos en España es una sociabilidad vecinal y a pie de calle que probablemente nos viene del calor estival y la herencia árabe. Esto de sacar a la silla al portal para tomar la fresca es algo que jamás se le habría ocurrido a Goethe: él solo tenía imaginación para literaturizar suicidios y gracias a ello sembró Europa de apenados Werther. Es lo que pasa cuando se quiere aprender la vida en un atril y no con las farándulas nocharniegas, las rondallas populares y el palique con los paisanos: la única salida que se encuentra para la desdicha es un pistoletazo y no, en cambio, ir a mojar la pena con la cuadrilla a un bar, que es el carril que escogemos en el sur para despedir los amores agostados.

Esta península sin su aire feriado y el desorden jaranero que da la zambra y la bullanga se antoja algo sombría y goyesca a pesar del sol. Deja la imagen contradictoria de un adolescente con muletas, que por un lado encarna la plenitud de quien puede correr a todo pulmón y, por otro, destila la nostalgia del impedido que apenas puede dar un paso. Hay quien vive para trabajar, casi siempre porque carece de vida, y quien trabaja para vivir, que es a los que usualmente se califica de vagos, en la mayoría de los casos, por envidia de los anteriores más que por unas razones sólidas.

En España se disfruta de la vida, que en ocasiones se confunde con la romería de la juerga, pero que le da ese punto desenfadado que en ocasiones molesta a tantos. Aquí la alegría es como el aire, un componente invisible, pero resulta imprescindible para sacar adelante los trabajos y los días. Y es que, en realidad, si al almanaque le quitas las fiestas, lo que te queda es una lista de deberes.