La estación del tiempo está en Poo

Pedro no se hallaba a bordo del tren, pero lo narra como si hubiera ido en el primer vagón, el más afectado por el impacto

Pedro no tiene móvil. Pertenece a ese 3,6% de españoles sin teléfono portátil y por supuesto que también, su hogar carece de internet (17,6%). A su edad, conserva una memoria prodigiosa que le permite recordar todo tipo de datos geográficos o hechos acontecidos con tan solo revisar en sus archivos mentales. Ni una búsqueda en internet, ni un algoritmo que haya analizado su historial de intereses. Conoce la predicción metereológica sin tener aplicaciones. Su GPS funciona gracias a la experiencia de ya haber pasado por ahí en alguna ocasión. Los lugares que se escapan de este mapa mental están bien para conocerlos a través de los periódicos, pero no para visitarlos.

Pedro ya se ha desayunado un diario local asturiano. Está aguardando al tren en la estación de Poo: una marquesina frente a los raíles del ferrocarril. De ahí que la espera resulte más amena en «El Paso», una cafetería junto al paso a nivel con barreras.

En la terraza con mesas hacia la carretera que cruza la vía, Pedro disfruta de su café. Ha llegado con más de dos horas de tiempo, como le cuenta a la señora María, ataviada con mandil, pero sin mascarilla, que se acerca a saludarlo a su mesa. Ella sí que está de paso. No son ni las 10 de la mañana y ya ha terminado todas sus tareas domésticas, hasta tiene la comida preparada. La señora vuelve a pasar, una vez más, esta vez para despedirse. Como ya dijo otro ilustre asturiano, Gaspar Melchor de Jovellanos, «para el hombre laborioso, el tiempo es elástico y da para todo. Sólo falta el tiempo a quien no sabe aprovecharlo».

El tren no pasará por Poo, una parroquia de casi 400 habitantes que pertenece al concejo de Llanes, hasta las 11:15, del local sale otro paisano con un café tan caliente, que podrá esperar hasta que se vaya Pedro para dar su primer sorbo. Pero en esta zona del norte de España los cafés se toman sin prisa.

Pedro va a visitar a su hermano a Rudagüera. Posiblemente, se casaría con una cántabra con un buen terreno en esta localidad de apenas 340 vecinos. Cada vez que lo menciona lo sigue diciendo con cierta resignación.

Comerá con ellos y sobre las 17:00 cogerá el tren de vuelta a Poo. Será un trayecto de dos horas de ida y otras dos de vuelta. Unos 60 kilómetros que en coche se pueden realizar en apenas 45 minutos. Eso si las vacas, ante la mínima frecuencia de trenes por estos lares, no lo impiden.

El año pasado, justo por estas fechas, descarriló un tren de esta línea en el tramo entre las «estaciones» de Celorio y Poo. Una docena de vacas y terneros se encontraba en las vías del tren cuando entró el ferrocarril. El impacto del convoy contra las lustrosas reses provocó el descarrilamiento del tren. A bordo del tren se encontraban 25 pasajeros, el maquinista y el interventor. Todos resultaron ilesos, mientras que varias vacas, que pertenecían a un vecino de Porrúa, fallecieron y otras tantas quedaron malheridas.

Pedro no se hallaba a bordo del tren, pero lo narra como si hubiera ido en el primer vagón, el más afectado por el impacto.